27 septiembre 2007

NOMADISMO ACADÉMICO VS COMUNIDAD ACADÉMICA. Apuntes para el Comité Central de Currículo/USC


En La estructura de las revoluciones científicas (1971), T. S. Kuhn precisa que las comunidades científicas – y académicas – comparten lo que él denomina matriz disciplinaria, la cual puede ser comprendida como el conjunto de elementos en torno a los cuales se constituye la unidad de dichas comunidades. En este sentido, una particularidad importante de las comunidades científicas / académicas es que son precisamente ellas quienes producen y validan por consenso el conocimiento científico/académico/pedagógico. Esto nos conduce a contemplar la perspectiva de la sociología del conocimiento, la cual concibe a la ciencia como una estructura social y cultural, formada por interacciones sociales y cognitivas. Se habla entonces de un conjunto de individuos que actúan y se relacionan para otorgar sentido al grupo que constituyen.

¿Existe en nuestra Universidad una verdadera Comunidad Académica? ¿Podemos hablar de ella o ellas en propiedad en nuestro entorno? … no lo creo como muchos de ustedes reconocen, pero para no quedar en juicios sin proposiciones, sitúo desde ya, los elementos necesarios que considero para lograr avanzar en la conformación de una(s) Comunidad(es) Académica(es):

a) una convivencia espacio-temporal relativamente estable, determinada por relaciones humanas y profesionales; b) interesada en compartir, superar y observar los efectos de sus decisiones ante problemas significativos en el campo académico. En ese sentido, entenderemos que son parte del campo académico el conjunto de unidades académicas destinadas al estudio y a la enseñanza de los diversos campos de formación profesional, donde se reproduce la teoría, se desarrollan procesos de la investigación y formación universitaria siendo protagonistas centrales de este los estudiantes, los docentes, el personal administrativo y de apoyo. A la vez, una Comunidad Académica debe c) ser capaz de incorporar nuevos miembros sin que d) se alteren sus creencias, valores y presunciones en un proceso de e) construcción continua de consensos internos.

Tales condiciones no son exclusivas de la Universidad Santiago de Cali para construir comunidad académica, lo son de cualquier Universidad y para cualquier comunidad académica. A futuro me centraré en algunos aspectos que son significativos en la definición anterior.

Digamos que el 2002 fue un año de inflexión en la comunidad santiaguina, los pasos de la nueva política universitaria enunciada en el ¨Nuevo Rumbo Universitario¨ comenzó con la aparición de docentes llamados de dedicación exclusiva; la creación de condiciones mínimas en infraestructura para la investigación, la recuperación de una organización académica por Facultades entre otros pasos. A la par, comienzan a ejercer presión las normatividades del Ministerio de Educación Nacional que establecieron las Condiciones Mínimas, Acreditación y luego las de Alta Calidad con fuerte orientación a consolidar el entorno de los campos de formación profesional. Todo ello nos condicionó a que se comenzara a dibujar un escenario nuevo, un contexto nuevo. Nosotros seguimos mayoritariamente, siendo los mismos. La dinámica forma vs contenido no adquirió unidad.

Como si fuese poco, los desarrollos científicos en los diversos campos del saber han hecho estallar no sólo muchos de los paradigmas en las diversas disciplinas del conocimiento humano, si no, en la propia gestión del conocimiento, en los procesos de enseñanza aprendizaje.

Lo anterior muestra la existencia de una tensión para la Universidad ante un doble movimiento del conocimiento: uno centrífugo que profundiza epistemológicamente en las áreas más particulares de los campos del saber; y otro centrípeto que busca interconectar esos campos del saber con la lógica del campo de formación profesional en interés de procesos formativos más ligados al predominio de una razón práctica de los futuros profesionales.

La ruptura de los egos y la consolidación del equipo.

En ese sentido, el campo académico en general y el campo curricular en particular, deben propender como ya se ha afirmado en este Comité Central de Currículo, a estilos de trabajo, prácticas culturales, capaces de responder a los desarrollos de los campos del saber desde una concepción flexible y transdisciplinar.

Urge que el docente como eslabón fundamental de la Comunidad Académica, comprenda que su fortaleza epistémica en verdad no está en sus estrechos límites específicos y sí en su capacidad de generar diálogos de saberes, no sólo entre sus colegas sino desde los procesos de enseñanza-aprendizaje con sus estudiantes. El espacio para los egos debe ser el de los equipos de trabajo para hacer estallar definitivamente entre otras cosas, la estrecha mirada asignaturista y transitar a lo problémico, la concepción de proyectos que exige la transdisciplinariedad.

Se hace necesario trabajar para crear una verdadera y sólida Comunidad Académica, aunque ya podemos hablar de proto-comunidades académicas a raíz de los cambios iniciados en el 2002 y en algunos casos desde antes pero con costos humanos e institucionales en nada reconfortantes.

Hace falta entender por un lado, que el fortalecimiento definitivo de la(s) Comunidad(es) Académica(s) es un imperativo categórico de la Alta Calidad y las nuevas dinámicas de la globalización (con un TLC a nuestro lado), que no admite simulacros. Mencionaré para sustentar la problemática en un caso en particular, los Departamentos, pero que es extensible a las áreas, los Programas y Facultades como otras unidades académicas en las que cohabitan diversas comunidades académicas y llegan a ser en sí mismas comunidades.

Los Departamentos, son unidades nominales de trabajo docente-administrativo que deben tener equipos de docentes adscriptos a ellos, según perfiles acordados por el Consejo Académico, unidad curricular, planes de perfeccionamiento docente, claridad en compromisos investigativos, producción intelectual y una estabilidad laboral que garantice la posibilidad de sentido de pertenencia e identidad para con la Universidad como espacio de convivencia y trabajo académico.

La realidad es testaruda y la lógica organizativa interna de la Universidad anterior al 2002 perdura en lo tangible e intangible de nosotros, no garantizan la posibilidad de crear o consolidar Comunidad Académica en derredor de los Departamentos u otros espacios, por el contrario, justifican, explican una actitud y aptitud dispersa, de bajo perfil y competencias para desarrollar relaciones humanas y profesionales con capacidad e interés en compartir, superar y observar los efectos de sus decisiones ante problemas significativos en el campo académico. Es lógico pues, entonces entender las resistencias a los cambios y a la consolidación de creencias, valores y presunciones en torno a la Universidad y sus procesos internos.

El fortalecimiento de los Departamentos, no como estructuras administrativas, y sí como espacios de COMUNIDAD ACADÉMICA desde las condiciones expuestas, es la mejor posibilidad para el desarrollo de los campos epistémicos, e influenciar en las nuevas lógicas pedagógicas dentro de los campos de formación profesional.

Los Departamentos han de cumplir la función de puentes con los otros campos del saber como espacios de comprensión transdisciplinar. Lo anterior, solo será posible si hay bases epistémica sólidas para lograr desarrollos transdisciplinares sin caer en el todo vale o el todo cabe tan común al diletantismo y la improvisación que hacen de no pocos docentes nómadas entre las diversas Universidades de la ciudad.

Los campos de formación profesional deben romper con la razón instrumental y abogar por el encuentro con un conocimiento más estructurado desde la multilateralidad de los objetos de estudio. Lo dicho claro está, tendrá sus particularidades por las especificidades de cada campo de conocimiento y el propio acto pedagógico que en momentos debe hacer abstracción para ¨cortar¨ la realidad y hacer aparecer las asignaturas.

No obstante, la pedagogía crítica se acerca más a diseños curriculares centrados en los problemas, en la razón práctica, el argumento, que en miradas segmentadas. Hoy, es más importante el saber colectivo, el aprendizaje en equipo que el individual y porqué no decirlo, hoy es más importante el proceso pedagógico del equipo docente, que el del docente aislado, ¨el maestro¨ en su saber enciclopédico que encierra la realidad en los límites de su curso.

Disculpen hacer un alto y volver en retrospectiva como un film, para tocar algunas ideas que considero han quedado en el ambiente:

Campo y Disciplina como conceptos centrales para la comprensión de Comunidad Académica.

Entendamos campo, en tanto “un espacio social estructurado ¨[1], en donde coexisten fuerzas dominantes y dominadas de relaciones constantes, permanentes y de desigualdad que permite la construcción de sentido, entendiendo por ello la posibilidad de lecturas globales, explicativas y comprensivas de la(s) realidad(es). Desde esta primera noción, los Departamentos son campos de formación profesional.

Igualmente, este concepto, promueve a la existencia de objetos, discursos, sujetos, conocimientos y acciones. De esta forma, el Campo/ Departamento, es productor-limitador de sentido y productor-formador de nuevas dimensiones formativas.

Ahora bien, siguiendo con este análisis, adentrémonos en el concepto de disciplina desde la perspectiva de Edgar Morin cuando afirma:

una disciplina tiene como función circunscribir un campo de competencias y existen para estructurar y separar [2]. Por el contrario campo (…) busca abrir las fronteras para articular fenómenos procedentes del encuentro entre diferentes disciplinas y de resolver la tensión fundamental existente entre unas disciplinas constituidas y un proyecto interdisciplinar en formación que pretende reorganizar las maneras de pensar y analizar[3].

Vista así las cosas, encontramos más y mejores razones para considerar el espacio de acción de los Departamentos en la dimensión del concepto de campo, dejando el de disciplina, más ajustado al ya mencionado campo curricular que está en conjunción con el campo académico sin agotarlo.

De todo lo anterior, se pueden identificar varios subcampos en el escenario justamente del campo académico que definen funciones o variables para ver a una comunidad académica:

el científico, implicado en prácticas de producción del conocimiento, el de la investigación académica o formativa que tiene la finalidad de producir conocimiento teórico y aplicado por medio de la construcción de objetos, metodologías y teorías; el educativo, que se define por prácticas de reproducción de ese conocimiento, es decir mediante la enseñanza universitaria expresa por los diversos currículos, y el profesional, caracterizado por prácticas de aplicación del conocimiento y que promueve vínculos variados con el mercado del trabajo.

Finalmente, nos encontramos al acecho de una comunidad académica, tras seis años de demostrarnos que ciertamente podemos seguir rompiendo viejos esquemas, podemos saltar de las proto comunidades académicas a ellas en sí.

Para ello, reconozcamos que el conocimiento cuando es compartido con complicidad y fidelidad es el lazo más sólido de resistencia de una comunidad académica frente a todo obstáculo. Lo que se acepta por otros, se comparte otros y supera los debates racionales y/o pasionales frente a los otros, es el lazo más fuerte de garantía epistémica. La complicidad y fidelidad sedimenta

Sugiero acojamos el documento o AGENDA DE POLÍTICAS Y ESTRATEGIAS PARA LA EDUCACIÓN SUPERIOR[4], como el mejor camino para la construcción de una verdadera COMUNIDAD ACADEMICA

Impulsar la aplicación de procedimientos de selección de docentes, basados en méritos académicos, personales y profesionales.

Diseñar y ejecutar programas permanentes y sistemáticos de formación, capacitación y mejoramiento de los docentes, que incluya tanto la formación doctoral como el desarrollo de competencias pedagógicas y didácticas, además de el desarrollo de capacidades de gestión académica.

Desarrollar programas de investigación y documentación de experiencias exitosas docentes, pedagógicas, didácticas y evaluativas en diferentes saberes y niveles de formación de la educación, que permitan, de una parte, generar conocimiento, y de otra, difundirse y formar a otros docentes en su aplicación.

Promover la evaluación profesoral por parte de las instituciones, conducente a generar una cultura de la evaluación, a elaborar indicadores, metodologías e instrumentos particulares que permitan valorar y evaluar el desempeño y la productividad de los profesores, a la vez que incentive su mejoramiento.

Conformar redes y cuerpos colegiados de profesores por disciplinas, ciencias y áreas del conocimiento para el intercambio de experiencias, conocimientos, resultados de investigaciones.

Desarrollar un programa para que los docentes aprendan un segundo idioma que les permita comunicarse con profesores y pares de universidades e instituciones de educación superior de diferentes países.

Diseñar programas de formación de jóvenes egresados que se hayan distinguido por su alto rendimiento durante el tiempo de estudios, para preparar el relevo generacional de docentes.


Tal vez así, encontremos un mejor camino para hacer valer en la práctica, el modelo del Nuevo Rumbo Universitario en condiciones no de nomadismo académico y si como Comunidad Académica.

Muchas gracias.

Universidad Santiago de Cali
Septiembre 27,2006.
[1] Nos acogemos a la noción de campo del sociólogo Pierre Bourdieu cuando afirma: en BOURDIEU, P., Espacio social y campo de poder, Barcelona, Anagrama, agrama, 1997 pp. 48-49
[2] OLLIVIER, Bruno, Observer la Communication – Naissance d’une interdiscipline. Texto inédito. Próxima publicación CNRS, París, 2000, p.6, citando a E. Morin.
[3] Ibid., p.8
[4] AGENDA DE POLÍTICAS Y ESTRATEGIAS PARA LA EDUCACIÓN SUPERIOR
COLOMBIANA 2002 – 2006 pag 16 Bogota, 2002. en http://www.cuib.org/agenda_politicas_escolombiana.pdf

MIRAR AL ETNO Y ENTENDER LA IDENTIDAD CULTURAL AFROAMERICANA EN OTRA DIMENSIÓN

Conferencia al encuentro de egresados de filosofía, La Habana 2007.

Iré Arikú Oyale, Adimú a Orunmila, obi, omi tuto
(Un bien de salud seguro gracias a Orunmila)


Gracias a la Universidad Santiago de Cali por enriquecer la mirada del mundo afroamericano más allá de lo cubano.

La apariencia de la cultura afroamericana como un conglomerado de grandes semejanzas, pero de grandes diferenciaciones marcadas por la pluralidad lingüística y la progresión histórica desigual de nuestras naciones, nos ha tentado con dos pecados diferentes:

Primero; vernos, entendernos como “unidad de lo diverso”, a nuestro juicio, esta comunidad existe aún cuando el desarrollo disímil de sus elementos definitorios no nos permita hablar todavía de un todo cultural homogéneo, sino de una unidad en proceso de formación.

Segundo; el recocimiento del peso fundamental de los componentes socio-históricos como resumen de la esencialidad expresada en una serie de rasgos derivados, casi siempre, de la etno-composición o del eco-sistema típico de nuestros países. Este pecadillo es la lógica resultante del dominio casi absoluto de los estudios etnográficos y folclóricos que han proporcionado prácticamente toda la sustancia comparativa a la hora de buscar las constantes de una identidad sociocultural. De ahí se han derivado generalizaciones tales como la “alta jerarquía” de la música y el ritmo en el sistema de nuestra cultura, la personalidad singular, el sincretismo religioso, la estructura alimentaria —el “estómago caribeño”, según Carpentier— y otras que, en su conjunto, no alcanzan a superar la imagen dispersa heredada de la etnografía descriptiva, hecha de más particularidades que de semejanzas.

No pretendemos negar —por el contrario, afirmamos— la validez del factor étnico en la formación de caracteres diferenciadores de nuestra cultura; pero sin reducirla al reflejo, a menudo aparencial, de una correlación étnica simplista y sin sobredimensionar este componente por el defecto de un método científico de explicación más profunda, abarcadora y coherente en la caracterización tipológica esencial de la cultura afroamericana.

Precisamente, la limitación fundamental de la teoría de la síntesis étnica, tan arraigada en nuestras naciones, como proyecto de definición de la esencia del proceso cultural afroamericano, implica que los elementos sintéticos tienen que constituir una regularidad en todos los niveles y formas de construcción y proyección del sistema cultural, es decir, para ser esenciales y no facultativos deben funcionar como regularidad modeladora, como “la tinta que colorea el agua”1.

Un primer acercamiento de la realidad cultural del mundo afroamericano evidencia, sin embargo, la distribución irregular y el valor relativo de los elementos sintéticos en los diferentes niveles de la cultura. En los países insulares de la región sólo ha quedado huella material de los etno-componentes aborígenes en la vivienda, la alimentación y el léxico.

Con relación a los etno-componentes africanos, que junto a los de, origen europeo caracterizan la apariencia de la cultura afroamericana insular y constituyen el sector demográfico mayoritario en muchos de nuestros países, podemos constatar que los elementos culturales derivados de estos componentes participan de una manera disímil en la composición cualitativa y cuantitativa de las diferentes formas de la cultura; no sólo en sus polos opuestos como pueden ser la cultura folclórica y la educación donde, obviamente, actúan profundas diferencias en las posibilidades de acceso y control social, y del nivel de desarrollo técnico-científico de los patrones originales; sino, sobre todo, en las manifestaciones más afines y colindantes (el folclor y el arte profesional), dentro de sus mismas variantes (folclor urbano y folclor rural), dentro de sus diferentes formas (la música, la danza, la plástica, la literatura, la arquitectura, etc.) y aún dentro de sus propios géneros (la música popular profesional y la música culta) y subgéneros (el son, la salsa y la rumba). Estas diferencias .se dan tanto en el plano sincrónico, del grado de intensidad del componente en cada manifestación (que va desde la música en tanto la forma de mayor intensidad hasta la arquitectura en tanto la forma de no presencia); como en el plano diacrónico: en el caso de Cuba estos componentes se integran primero en la música popular, después en la narrativa y sólo en una etapa posterior en la plástica y en la música de concierto.

Pero si bien el problema de la participación desigual de los etno-componentes es capital, para explicar la estructura interna de nuestras culturas, y la evolución peculiar de sus formas, lo es en igual medida para la comprensión integral de los procesos de formación misma de las culturas nacionales y de los vínculos esenciales entre ellas a nivel de una cultura afroamericana.

Una buena parte de los estudios generalizadores o comparativos sobre la región parece inclinarse a favor de conceder a los componentes no europeos —africanos o indígenas, o ambos grupos, según la entidad nacional de que se trate— el peso esencial en la cuestión de la identidad. Es un hecho constatado que, en pleno del desarrollo histórico de nuestras culturas, la mayor o menor presencia del componente africano no define ni acelera por sí mismo el proceso de formación de los rasgos sintéticos propios de las nuevas culturas nacionales surgidas en la región. Si así fuera, a las entidades nacionales donde este componente es más intenso correspondería un momento más cohesionado y sistematizado en el conjunto de la cultura de los rasgos sintéticos en que participa y, por tanto, un momento más avanzado en el proceso de formación de la nueva cultura nacional. Sin embargo, lo anterior es difícilmente demostrable tanto en el plano diacrónico como en el sincrónico. Primero: las naciones donde comenzaron a manifestarse antes los rasgos sintéticos peculiares de una nueva cultura corresponden a los territorios colonizados por España, donde la presencia del componente étnico africano fue cualitativamente inferior que en las colonias inglesas, francesas y holandesas, y donde el arribo masivo de la masa esclava fue más tardío que en éstas. Segundo: históricamente es en algunos de esos países donde los elementos sintéticos afro-europeos empezaron a “saltar” primero del etno-folclor originario a un nuevo folclor integrado, y de éste a otros planos de la cultura criolla. En Cuba,- por ejemplo, en la primera mitad del siglo XIX ya estaban presentes en la literatura, mientras que en Haití no aparecen en esta manifestación hasta el siglo XX, y en Jamaica, ya bien avanzado el siglo.

El enfoque que sustenta la unidad cultural del mundo afroamericano en los términos de la teoría de mestizaje o de un tipo peculiar de síntesis etno-cultural, puede alejarnos del concepto mismo de identidad con relación a la más amplia definición histórico-geográfica del área; pues en este vasto ámbito tenemos a nuestros países, con un claro perfil cultural euro-africano, y, por otro lado, tenemos países de definidos perfiles hispano-indígenas.

En estos últimos casos, el problema de la identidad no es una cuestión de balance entre componentes, sino la existencia misma de dos culturas, una del tipo de nuestras culturas criollas de apariencia sintética y otra marginal y desplazada, pero que pese a su condición de dominada conserva —a diferencia de las distintas culturas africanas traídas a América— su cohesión interna y los elementos esenciales de su identidad original.

Aquí la cuestión de la síntesis y de la integración cultural se plantea en términos polarmente distintos y constituye uno de lo principales escollos para el proyecto conceptual de la región, que no ha podido incluir coherentemente este problema.

La enorme diversidad del ámbito afroamericano demuestra los límites de la teoría del mestizaje para agotar por sí misma la esencialidad de nuestras culturas y, por tanto, las bases últimas de nuestra identidad regional. Su intento de sustentación teórica en las formas de presencia del elemento africano o indígena no parte, pues, del análisis profundo de nuestra compleja realidad cultural, donde estos elementos conforman la apariencia diferenciadora, pero donde son re-modelados y re-codificados en una nueva cultura que asume básicamente en todas sus instituciones la estructura y los modelos constructivos que parten de los tipos de las culturas europeas traídas a estas tierras.

La generalización de esta teoría, la del mestizaje, tiene su explicación principal en la necesidad vital de nuestras sociedades de articular un ideal cultural diferenciado como medio de afirmación nacional y como vía para la expresión material de una identidad que, por los niveles de dependencia de la mayoría de los países de la región, no puede tener su correlato viable en un proyecto político. Nuestro ser nacional, su surgimiento, consolidación y preservación, ha estado condicionado por una relación histórica de dominado-dominante respecto a las metrópolis coloniales, primero, y al proyecto hegemónico del modo de vida “occidental o americano”, después; relación histórica que ha condicionado, a su vez, la proyección de un ideal cultural-nacional a partir no de los elementos integradores de la herencia cultural sino de los elementos diferenciadores en relación con las culturas coloniales, neocoloniales; y ubicadas en las nuevas utopías sociales asociadas a un proyecto de identidad regional basado no tanto en las esencialidades comunes corno en los elementos diferenciadores compartidos.

Este desplazamiento teórico de lo específico-diferenciador a lo esencial-caracterizador constituye un elemento dinámico en el proceso de integración cultural, pues en tanto ideal cultural en proceso de materialización se convierte en la meta hacia la que se movilizan todos los sectores de la cultura, dando origen a la integración progresiva y sistematizada de nuevas cualidades. Esto tiene una importancia singular y un carácter altamente positivo en el proceso de unificación. Pero el análisis objetivo de este desplazamiento no puede perder de vista que se trata a menudo de un proceso intelectual y no siempre de un proceso espontáneo de síntesis histórica básica; pues en el primer caso la adición y recombinación de nuevos elementos no alteran el patrón o los patrones estructurales del conjunto.

Habría que agregar además, que por tal motivo, casi todo el debate en torno a la identidad cultural y sus fundamentos ha tomado tradicionalmente corno base del razonamiento, tanto en las teorizaciones generalizadoras como en la práctica artística, no ya a la cultura en su conjunto, sino al arte y a la literatura, precisamente por la preponderancia en estas manifestaciones de los componentes etno-folclóricos que constituyen el soporte diferenciador del ideal cultural. Esto limita la noción en sí mismo la dimensión de lo cultural afroamericano o afrocolombiano en un ideal estético-artístico que es tan sólo una de las formas de manifestación de los procesos culturales. El artecentrismo en los estudios de nuestra cultura orienta el pensamiento lógico hacia la equivalencia del comportamiento cultural nacional con el comportamiento artístico-folclórico de raíces afro e indígenas en su más amplia y sistemática potenciación estética. Lo anterior explica el porqué de algunas tendencias extremas que han convertido la “africanización” o la “indigenización” en la línea magistral de la búsqueda de la identidad. La orientación en estos dos sentidos, sustentada por lo que Bromlesi llamó “la hipertrofia de lo étnicamente particular” ha conducido a movimientos de gran influencia en la formación de nuestros conceptos culturales más generalizados, como fueron el negrismo, la negritude —íntimamente concatenados con las vanguardias artísticas europeas— y la reindigenización en el terreno de la cultura artística, o el rastafarianismo como ideal cultural más abarcador.

Hasta qué punto estos movimientos constituyen procesos básicamente intelectuales lo demuestran hechos como el surgimiento del “ciboneyismo” en Cuba en el siglo XIX o el “arte taíno” en la década del 50, como elementos formalmente re-insertados en nuestro proceso cultural.

Acerca de las tendencias etno-centristas, que a menudo actúan más como elemento de diferenciación que de unificación, y de la reorientación necesaria de los estudios caribeños, traemos a colación una cita de Manuel Moreno Fraginals:

“Artistas y científicos sociales (…) tienen hoy una tarea más importante que la búsqueda simplista de elementos africanos en su cultura, o el análisis comparativo con culturas africanas actuales: es el estudio de las integraciones específicas y de las formas simbólicas comunes desarrolladas (…) durante el proceso de formación de sus nuevas sociedades”2.

La gran mayoría de los estudios etno-culturales han pecado de una esquematización ahistórica que, como hemos dicho, reduce el concepto de lo étnico a lo racial, y que supone además, la homogeneidad interna original de nuestros etno-componentes, cuando en realidad estamos tratando con conglomerados multi-étnicos cuyas diferencias internas a veces son tan sustantivas como las diferencias inter-raciales para explicar la fisonomía de algunos procesos culturales específicos. Esto es pertinente no sólo para el conglomerado africano transplantado a la región, cuyas diferencias étnicas eran tan apreciables que a menudo le impedían comunicarse entre sí y cuya integración racial misma sólo se puede explicar a la luz de su fusión en una nueva cultura; sino también para el conglomerado europeo que participa en la colonización, tanto desde el punto de vista de las diferentes culturas nacionales (española, inglesa, francesa, etc.) como de su estructura étnica interna, a menudo sumamente compleja. Tal •es el ejemplo de España, que en el momento del descubrimiento constituía un conglomerado étnico altamente diversificado, cuyo proceso de integración prácticamente transcurre de forma paralela a los procesos de formación de las nuevas culturas hispanoamericanas.

Aunque descifrar estas cuestiones constituye un problema principal de la etnógrafa latinoamericana de hace varias décadas, es importante despejar que cualquier intento de definición integradora del mundo afroamericano como unidad cultural, debe dirigirse no sólo a la síntesis etno-cultural misma, sino a la síntesis histórica mayor y más trascendental que la propició y que la resolvió de esta manera particular con que hoy se nos presenta.

Existe un punto de vista bastante generalizado de que no hay suficientes elementos de coherencia geográfica, histórica, lingüística, de modelo cultural básico, de composición étnica y de desarrollo político, entre las distintas culturas nacionales del área como para hablar con propiedad científica de una cultura afroamericana: sino de un conjunto de afinidades culturales que propician la reflexión y el debate colectivo sobre la cultura en el marco de los más amplios problemas sociales, económicos y políticos que han convertido a la región en una de las zonas de más alta inestabilidad del Hemisferio.

Dilucidar si podemos hablar de una “cultura afroamericana” o, en cambio, de una “cultura afrocolombiana”, constituye, en todo caso, no una cuestión de coyuntura; sino un problema intrínsecamente cultural que debe partir de la definición de la cultura en tanto actividad específica, del deslinde de sus tipos históricos concretos y de sus modos peculiares de formación y desarrollo. El ajuste o no, como un todo integralmente explicable y con una esencialidad propia, del proceso cultural verificado en este territorio asociado al sistema histórico de la cultura y sus regularidades, es el único criterio científicamente válido para considerar o no a la cultura afroamericana como un tipo singular dentro de la vasta tipología de la cultura general.

El cultorólogo M. S. Kagan ha planteado la dificultad de esta tarea:

La pluralidad de los tipos concretos (locales) de cultura no significa la diferencia absoluta de las mismas, la impenetrabilidad de sus fronteras, la ausencia de toda comunidad, la ausencia del carácter humano universal de su contenido y de la orientación de su desarrollo. Sin embargo, no son nada evidentes —más aún, son complicados en grado sumo los principios de distinción de los tipos de cultura, y sin ellos el concepto mismo de “tipo de cultura” pierde su sentido científico3.

En su más amplia definición filosófica, el concepto de cultura equivale al conjunto históricamente acumulado de la actividad humana dirigida a un fin consciente. En este sentido la cultura abarca todo lo suprabiológico, lo metanatural e incluye al total de las realizaciones sociales en tanto la forma de organización humana de esa actividad. Pero esta actividad no es algo extra-temporal ni extra-espacial, sino un fenómeno que se produce sucesivamente en el tiempo histórico por un sujeto perteneciente a un espacio social, étnico y físico determinado. Esta relación espacio-temporal en una unidad coherente es la clave metodológica para la definición de cualquier tipo de cultura, pues constituye la única posibilidad cien- tífica de explicación sistemática de los espacios culturales nacionales y supra-nacionales —como sería la cultura afroamericana— en el contexto de grandes tipos de culturas históricas (cultura primitiva, cultura esclavista, cultura medieval, cultura capitalista) y sus formas intermedias de transición, que forman parte de nuestra herencia cultural mayor.

Sobre esta relación espacio-temporal hay que hacer dos precisiones ineludibles para la definición y el estudio del fenómeno cultural del mundo afrodescendiente latinoamericano y particularmente caribeño:

Primero: en el plano del espacio social y étnico hay que distinguir varios niveles históricos verticales interconectados, que constituyen las unidades mayores y menores características de las formaciones socio-culturales. En orden inverso estos niveles serían:

a) El nivel de la cultura de las distintas clases y grupos sociales, y de la cultura de los distintos grupos étnicos, que pueden o no coincidir con los anteriores, y cuya relación dinámica da origen a nuevos rasgos culturales. Esta dialéctica tiene una importancia singular en los procesos culturales donde a todo lo largo de su desarrollo interactúan los factores sociales con los factores étnicos-raciales y posibilitan la integración de las nuevas culturas nacionales.

b) El nivel de la cultura de un pueblo o de la cultura nacional a partir de los elementos básicos que cohesionan en un todo a los elementos anteriores y promueven sus tendencias fundamentales de desarrollo. Por ejemplo, las “dos culturas” una reaccionaria, conservadora y elitista y otra democrática, progresista y popular.

c) El nivel de las tipologías mayores de carácter pan-nacional que por sus elementos comunes espacio-temporales constituyen un socium cultural unitario, bien por razones étnicas o bien por razones históricas. Un ejemplo del primer caso sería la cultura latina, mientras que del otro sería la cultura yoruba en el caso de nuestros países.

Segundo: los sistemas o “tipos de culturas” tienen un carácter altamente cohesionador y autorregulador, y sus modificaciones y cambios responden a dos tendencias invariables: la modificación de sus componentes (sociales y étnicos) o la modificación de su estructura o vínculos internos. Los primeros —entre los que incluiremos los procesos de síntesis etno-sociales como las que hemos analizado— caracterizan la apariencia peculiar de una cultura y no significa necesariamente una modificación esencial de los modelos (por ejemplo la síntesis afro-hispánica significó una modificación esencial del modelo cultural portado por los esclavos traídos a América, no así la del modelo traído por los conquistadores, que sólo sufrió modificaciones en etapas más avanzadas del desarrollo de la región y por razones de otro tipo4.

Los modelos, en cambio, corresponden a los procesos de transformación de las formaciones socio-económicas y se caracterizan por el paso de un tipo de cultura u otro cualitativamente distinto, como es el paso de una cultura europea acriollada a una cultura nacional.

En este sentido, América Latina no sólo constituye con toda legitimidad histórica un verdadero socium cultural en tanto escenario de un proceso de formación socio-econi5mica singular y trascendente, sino también en tanto escenario de un fenómeno de una complejidad sin precedente en la historia de la cultura, donde intervino de forma contingente un proceso paralelo e interconectado de modificaciones multi-étnicas, cuya apariencia casi caótica ha ocultado la esencia misma del proceso.

¿En qué factores descansa, pues, la integralidad esencial de socium cultural caribeño y su singularidad básica en el sistema de la cultura?

El trasplante a una nueva realidad física geográfica y étnica de dos culturas de tipo histórico, la europea y la africana, cuya diferencia de desarrollo histórico (la cultura de transición del feudalismo el capitalismo, propia de Europa, y la cultura primitiva propia de África y América) condiciona la imposición de los modelos nacionales europeos como el antecedente originario esencial de la nueva cultura que será formada. A partir dé las peculiaridades de su desarrollo histórico Europa perfila en estas tierras un modelo socio-económico, una organización productiva, una fisonomía étnico-social, unas instituciones culturales, jurídicas y políticas a cuyas características se asimilan las otras etno-culturas y no al revés.

La función “modeladora” de la cultura europea en la cultura de nuestra América tiene una importancia esencial para su cohesión inicial y posterior en tanto que, pese a las diferencias políticas, lingüísticas y cultural-nacionales de las metrópolis, éstas compartían una misma unidad orgánica en cuanto formación social y una tendencia común de desarrollo histórico-cultural. Esta unidad orgánica actúa por encima de sus diferencias sincrónicas que determinaron la diferenciación interna fundamental entre nuestras entidades en la formación del nuevo socium: el reflejo en el proceso de la cultura afrocolombiana del desface cronológico entre el nivel de desarrollo de las metrópolis y el grado de intensidad espacio-temporal con que éstas implantaron el modelo socio-productivo simbolizado en la plantación; pero que no niegan la afinidad esencial del modelo.

Estas diferencias sincrónicas constituyen la otra gran paradoja de la integración de las culturas nacionales en estas tierras pues si bien en las colonias inglesas, francesas y holandesas se implantó primero un modelo de organización productiva más desarrollado desde el punto de vista histórico, por su polarización social éste funcionó como un elemento retardatario en la formación de las nuevas culturas ‘nacionales y dilató un proceso que aún llega a nuestros días; mientras, en las colonias españolas, la introducción tardía de la plantación sobre una base feudal, menos polarizada, de economía extractora y de auto-consumo, en un momento donde ya estaban formados los rasgos principales de una cultura propia, actuó como un elemento acelerador del surgimiento de la cultura nacional.

El desfase cronológico y las diferencias entre lo intensivo y lo extensivo constituyen a nuestro juicio, la premisa de una sectorización cultural regional mucho más cohesionadora que la que se sustenta en la diferenciación por áreas lingüísticas. En algunos autores y escritores este último enfoque parece erigirse en la barrera insuperable para la integración cultural de América Latina. Aunque se trata de un debate complejo, sobre todo en el campo de nuestras literaturas, basta con señalar que éstas no son el universo de la cultura, ni siquiera del arte. Además, constreñirnos a este enfoque nos impediría legitimar otras tipologizaciones de la cultura, como la cultura africana, la cultura indo-americana o la propia cultura latinoamericana.

Ahora bien, el traslado de una cultura o culturas a un contexto nuevo no asegura por sí solo el surgimiento de una cultura distinta, sino de una variante criolla de aquélla. La base fundamental del socium americano es precisamente el surgimiento y desarrollo en nuestro ámbito de una formación económica y unas relaciones sociales de producción cuya estructura y vínculos internos son esencialmente nuevos en la historia de la humanidad. Esta nueva formación histórico-cultural es el capitalismo esclavista como fusión singular de las relaciones de producción esclavista, históricamente superadas en Europa desde - hacía siglos y reimplantadas primeramente por España en el Nuevo Mundo a partir del Caribe, con el naciente capitalismo mercantilista europeo. Esto dio origen a un nuevo sistema de transición entre dos culturas históricas, con una tipología histórica nueva que por su propio desarrollo cultural autónomo ha trascendido el papel de puente que viabilizó las fuentes de la acumulación propiciadora del capitalismo mismo y de su Revolución Industrial, y se ha proyectado singularmente hasta hoy.

Esta tipología histórico-cultural se da por excelencia en el Caribe como centro motriz sólo aquí ha existido en su estado puro y de forma generalizada en todos los países de las Antillas. Los nexos básicos que la peculiarizaron no estaban presentes como tales en ninguna de las nacionalidades y pueblos que participaron en el nuevo modelo cultural. Europa no introdujo el modelo esclavista ni en África ni en Asia, sino otras formas de colonización semejantes a la de la etapa de la factoría en las colonias españolas del Caribe. Aquí se trata de un nuevo tiempo social, de un nuevo espacio histórico, cuya originalidad estructural determinó el conjunto de relaciones intersociales, inter-nacionales e inter-étnicas que informan nuestra cultura. La enorme simbiosis histórica que significó la cultura del capitalismo esclavista está resumida en la plantación misma: en el carácter feudal de la organización del hábitat, en las relaciones esclavistas de producción y en el movimiento capitalista de la mercancía.

Aún con el proceso abolicionista, con los movimientos de independencia, con la formación de los nuevos estados, con las recombinaciones étnicas por el, arribo de nuevos componentes o con el movimiento interno de las nuevas masas asalariadas y los desplazamientos de los componentes sociales propiciados por estos procesos, las relaciones esenciales que caracterizan la personalidad tipológica de nuestra cultura corno cultura dependiente, no han cambiado sustancialmente: por el contrario, su supervivencia ha condicionado el tránsito de nuestros países de la colonia a la neocolonia; de la dependencia política con las antiguas metrópolis a la independencia mediatizada a los nuevos centros de poder; de la subordinación económica a la globalización hegemónica; de ahí las dificultades de la región para la viabilización de cualquier otro modelo socio-económico —como el del “desarrollismo” o el de los movimientos nacionalistas orientados hacía un desarrollo no dependiente.

Si la cultura europea “modeladora” asegura la base uniforme del socium regional y la nueva formación histórica, su esencialidad tipológica corresponde a una síntesis etno-social y a su reacomodamiento en un nuevo contexto, la conformación de la fisonomía de la nueva cultura criolla afrocolombiana como reflejo material y espiritual del proceso de formación de un nuevo etnos, sustancialmente diferenciado de sus componentes originarios. Es precisamente la existencia de rasgos definitivos de un etnos meta-racial, y su proyección en una personalidad nacional que se reproduce en lo esencial de una isla a otra, lo que nos permite aproximarnos al concepto de la idiosincrasia afrocolombiana, no sólo como la secuela de una memoria étnica sintética compartida, sino también como resultado de un modo de vida determinado por una experiencia histórica, social y ecológica semejante, y, sobre todo, como el sistema de valores, tendencias y aspiraciones compartidas, cuyo reconocimiento presupone la auto- conciencia de una identidad común.

Por eso, la base metodológica primordial para una historia social de la cultura latinoamericana —aún por escribirse— consiste en el análisis dialéctico, integral y comparado del proceso que va de la formación de una autoconciencia de nuevo etnos diferenciado, propio de una cultura nacional; y de ésta a la integración de una autoconciencia cultural, regional, es decir, a nuestra identificación como socium étnico-concreto e histórico-concreto.

Cualquier ensayo verdaderamente coherente de periodización de la cultura regional no puede, sin embargo, supeditar la explicación de sus procesos a la mera cronología de los grandes procesos socio-económicos y políticos verificados en la región, pues la introducción de los modelos socio-productivos esenciales y característicos de la tipología cultural del área no se han correspondido cronológicamente —como hemos visto en el caso de la plantación— con el desarrollo cualitativo de las distintas culturas nacionales, como éstas tampoco se han correspondido necesariamente con el surgimiento de las distintas entidades políticas, como el caso de algunas de las naciones que han arribado a su independencia formal con un nivel de autoconciencia y desarrollo cultural más cercano al estadio de la cultura afroamericana o criolla, que al de la cultura nacional diferenciada. En estos países la formación de una autoconciencia nacional y una autoconciencia regional es un mismo empeño.

Y es que la América Latina de hoy es el escenario —quizás único en el planeta— de uno de los grandes procesos regionales de la cultura en plena fase de conformación definitiva, en el que coexisten, por tanto, culturas nacionales más o menos configuradas con culturas afroamericanas en distintos grados de prefiguración de sus caracteres nacionales definitivos; pero unidos por el denominador común de una identidad histórico-cultural esencial que, por encima de las válidas diferencias nacionales, armoniza las tendencias de su desarrollo por una voluntad de intercambio y de diálogo que la potencian.

Fecha febrero 2007.

NOTAS
1. A. Kofman. “Problemas de síntesis en la cultura latinoamericana”. Primer Encuentro de Latinoamericanistas, La Habana, 1988.
2. Moreno Fraginals Manuel. “La Planificación, crisol de la sociedad antillana”. En: El correo de la Unesco, diciembre de 1984, p. 14.
3. Kagan M. S. “Cultura y culturas: dialéctica de lo general, lo particular y lo singular”. En Cuba, No. 130, Enero-Feb. 1982. p. 135.
4. Otro ejemplo en el orden social y no étnico se puede ver en los cambios polares ocurridos a tener de la Revolución haitiana: no tuvieron correlato en la “cultura francesa de color” que continúo dominando en la cultura criolla por más de cien años, después de la independencia (nota del autor).

DESPERTANDO VOCES



Titulo: Voces ciudadanas
Autor: Colectivo de autores
Editorial: CEDAL
Lugar: Bogota D.C.
Año: 2005
163 páginas
ISBN: 958-33-8120


El Centro de Comunicación Educativa Audiovisual, CEDAL, de Bogotá, vuelve la mirada otra vez, sobre la relación periodismo y ciudadanía. Bajo la orientación de Rodolfo Prada Penagos y Gonzalo Ortiz Charry con la coordinación general de Gladys Daza Hernández todos ellos de CEDAL, se registran tres experiencias sobre el periodismo público que tuvieron por coordinadores locales a los docentes-investigadores Liza Adriana Higuera R. y Omar Martínez Roa de la Universidad Mariana de Pasto; German Ayala Osorio de la Universidad Autónoma de Occidente y a José Ricardo Escobar de la Universidad Tecnológica de Bolívar, Cartagena.


Las tres experiencias de periodismo ciudadano que están registradas en este interesante texto, muestra en primer lugar la importancia acciones cooperadas, de alianzas de diversas Facultades, Programas, Grupos de Investigación y de docentes-investigadores en el campo de la Comunicación Social en Colombia para asumir un papel más protagónico y responsable ante los innumerables problemas que tiene el país desde una perspectiva de un periodismo de cercanía, responsable que ponga a hablar a los verdaderos actores del país que es el pueblo.

En segundo lugar, el libro es un ejemplo de la articulación entre procesos docentes no convencionales con los procesos de investigación formativa en la que intervienen estudiantes y comunidad para llegar a construir procesos comunicativos propios para solucionar o enfrentar propuestas ciudadanas.

En tercer lugar, hay resultados coyunturales que indican que se pueden concertar con los medios locales para ganar espacios y aparezcan espacios de un periodismo diferente, con una agenda muy distinta o paralela a la de los grandes medios y que como mimesis se replica muchas veces en los medios locales.

Cada capítulo es una experiencia local que se puede seguir paso a paso ya que la estructura del libro es justamente quedar como aporte metodológico para aprender de diferentes metodologías de trabajo. Son tres experiencias pedagógicas exitosas que atraviesan de norte a sur el país: Cartagena, Cali y Pasto.

GENTE DILIGENTE (Pasto)

Fue la experiencia pionera dentro del periodismo cívico en Pasto y Nariño. Ella puso a repensar el ejercicio periodístico y “articular una propuesta comunicativa” para fortalecer la participación ciudadana.

Estudiantes de los programas de trabajo social y comunicación social-periodismo junto a líderes de la Comuna 6, el Corregimiento de Obonuco en el Municipio de Pasto, periodistas de Colmundo Radio, Emisora Ondas del Mayo, Diario del Sur, periódico El Pastuso y el canal local TELEPASTO y representantes de la Alcaldía Municipal trabajaron durante un año.

Los resultados fueron muy beneficiosos para las partes y al parecer queda un espacio de trabajo a multiplicarse. Por una parte, se mostró que se puede hacer un periodismo diferente, cercano a la realidad y que responda a la solución de las problemáticas sociales. Rompió esquemas de periodismo amarrado a fuentes tradicionales. Resignifico el concepto de periodismo público y cívico desde lo público y la ciudadanía.

LA GALERÍA DE LOS ESPEJOS (Cali)

Es una experiencia de periodismo cívico llena de tensiones. Tensiones que llegaron hasta las amenazas de algunos líderes comunitarios que acompañaron este proceso en la galería de Santa Elena en el segundo semestre del 2004.

El proyecto, sustentado desde una fuerte mirada de las ciencias políticas, huella personal que deja la formación del coordinador local del mismo, amén de su condición de comunicador social, nos aporta claridad desde lo transdisciplinar de la relaciones entre periodismo y poder político.
Estudiantes de comunicación social de la Universidad Autónoma, en alianza con el Noticiero de televisión local 90 Minutos, el periódico universitario El Giro lideres comunitarios de las Comunas 10 y 11 de Cali, representantes de las Juntas de Acción Comunal y el apoyo de CEDAL concertaron el un trabajo conjunto que derivó en diversos productos periodísticos de alcance local.

En esta experiencia, que personalmente considero la más trabajada, se logro un diagnóstico colectivo de la problemática que afecta este sector tan dinámico de la vida económica y social de la ciudad de Cali. Se penetró en los puntos de encuentro y contradicciones entre el Estado-los mediadores naturales (Partidos Políticos y organizaciones Políticas) y la Sociedad Civil representadas por las organizaciones emergentes de base comunitaria.

Coincido en que esta experiencia es “un espléndido ejercicio de deliberación, de reflexión, de investigación periodística y de concertación” entre diversos actores de la vida local.

LA CARTAGENA INVISIBLE: UNA APUESTA POR LO POSIBLE (Cartagena)


Es una experiencia de periodismo cívico con todas las potencialidades a futuro, o al menos así se percibe frente a las otras dos más estructuradas, de mayor visibilidad, desarrollo metodológico y con resultados a mostrar. Lo dicho no quiere decir que sea menos importante, todo lo contrario, simplemente refleja modos, construcciones y procesos diversos en circunstancias, contextos y equipos igualmente diferentes.

La experiencia de Cartagena dependió más de los resultados aportados por “Viva la Ciudadanía” en un informe que no tiene referencia de fecha en su realización.

“Las Colonias” fue el sector o comunidad escogida en el tradicional barrio de Manga. Una colectividad de viejos marinos y jóvenes emprendedores empeñados en mejorar sus condiciones de vida y trabajo. Allí laboraron con ellos los estudiantes de comunicación social de la Universidad Tecnológica de Bolívar, las autoridades distritales, CEDAL y el compromiso de varios medios locales de comunicación.

Lo significativo es que al igual que en las dos experiencias anteriores se llevó la academia a insertarse en la comunidad, en entender que es posible otro periodismo diferente, a sensibilizar al menos en un inicio a los propios medios locales a entender la propuesta del periodismo cívico y lo que es más importante a iniciar un proceso de cambio, de autogestión de la comunidad dejando ser un actor pasivo.

La diferencia de las otras experiencias es que aquí, en Cartagena, la acción de los medios locales hasta la edición del libro, no había llegado a ser canal de los ejercicios de periodismo cívico que se generaron.

Todo lo dicho y un epilogo muy acertado sobre los antecedentes, retos y perspectivas del periodismo cívico en Colombia escrito por Rodolfo Prada de CEDAL le dan un valor pedagógico, un sentido de hoja de ruta a los académicos del periodismo y la comunicación social que comprenden que el ejercicio profesional y ético están en juego de seguirse sosteniendo la lógica massmediática actual.

Tal vez, lo único que sentí que al libro le falta, es lo que en estos tiempos ya no es mucho pedir en un texto de este perfil. El tener un CD anexo para visualizar los trabajos periodísticos realizados con cada proyecto y el soporte de registros gráficos de cada proceso. Al margen de ello, la escritura con estilos muy diferentes no se siente como una falla de CEDAL, todo lo contrario, se siente así, el calor humano, la firma personal, la huella del perfil de cada equipo de trabajo. Tal cosa es grata.

Voces ciudadanas, está sin duda despertando voces, otras más, por el cambio de la comprensión de lo noticiable, de las agendas informativas y de la interrelación entre academia, realidad social y responsabilidad ética de esta profesión.

Prof. Pedro Pablo Aguilera

EL GRATO DISFRUTE DE LA PROMISCUIDAD


Es hora de que nos manipulen desde un lado mucho más humano.
Gonzalo Márquez Cristo

[Ponencia a presentar en la Mesa Redonda “Literatura y periodismo en la Colombia contemporánea»]

Prof. Pedro Pablo Aguilera González
Director Departamento Humanidades
Universidad Santiago de Cali


Periodismo y literatura se han acercado cada vez más, pero hay distancias suficientes para que ambos campos tengan su propio espacio. No obstante, para bien del periodismo, la literatura ha robado espacios periodísticos sin pedir permisos, salvando al lector del exceso de superficialidad, aburrimiento y la falsa objetividad. Por su parte, hoy la literatura ya reconoce que los libros de memorias y los reportajes, pueden tener altos valores artísticos.

Para algunos como Alejo Carpentier, el ilustre novelista y periodista cubano, “la diferencia entre el periodismo y la literatura, estriba en que aquel trabaja con los acontecimientos en caliente, y esta con ellos en frío”. Por lo tanto, siendo más inmediato, el periodismo se ve constreñido a la urgencia y la síntesis, y a cierta inevitable superficialidad condicionada por la jerarquización de los acontecimientos y el espacio que ellos merecen.

Para otros como Gabriel García Márquez, su reconocido escritor y periodista, en cualquier análisis sobre el asunto, él parte de que “el periodismo es un género literario”. Esto es, el periodismo no es un pariente pobre de la literatura. Es otra vertiente de la literatura, aunque más utilitaria y, por tanto, menos perdurable.



Así las cosas, tenemos que tanto literatura como el periodismo, buscan como fin supremo, captar el interés del lector, gustar al lector, convencer que el texto que leerán es creíble y verosímil. La literatura lo consigue enfatizando en lo artístico; el periodismo en la calidad informativa.

El campo de lo estético es donde se da el punto de encuentro entre literatura y periodismo pues pueden llegar a ejercen funciones similares, es decir: educativas, éticas, informativas, psicológicas y lúdicas.

Cuantos menosprecian la aparente faena menor del periodismo, se fundamentan en aquellos medios y profesionales que la ejercen con la actitud del que acomete el trabajo sabiendo de antemano la poquedad de su tarea. Hay ingredientes de acomodamiento, de carencia vocacional, de convicción creativa e incluso de cultura en las redacciones. Por lo cual el periodismo no es intrínsecamente limitado o precario.

Finalmente, hablo de lo que he convivido con ustedes: En los años 90, y lo que va de está década, Colombia es el espacio soñado para cualquier escritor por lo terrible, absurdo y bello que tiene este mundo: guerras, tragedias humanas y ambientales, utopías envejecidas y nuevas utopías replanteadas, mundo indígena, mundo caribe, mundo pacífico, desplazados, tribus urbanas, rupturas de moralismos y posmodernidad distrófica. Esas realidades y otras muchas, han hecho que escritores como los antes mencionados y otros como Enrique Serrano, Ricardo Silva y Fernando Quiroz vengan a ser la generación de relevo al boom macondiano.

Para mi, lector vicioso y agradecido de este país, creo que el periodismo colombiano pasa por un buen momento, un excelente momento en donde hay un resurgir del reportaje, la crónica y la entrevista, pero que no queda en los diarios y revistas o queda muy poco. Estos escritos en manos con sensibilidad e imaginación, pero también con sentido común, sufren una mutación genética en la calidad de géneros y saltan del periodismo inmediatista al periodismo literario. Es en ese nuevo y cercano espacio, el de lo literario, que se recupera la memoria del país sin ataduras metodológicas de sociólogos, violentólogos o historiadores. El periodismo literario colombiano de hoy no teme ser promiscuo en recursos expresivos. Es un historiadores que siendo más mediato que el periodismo cotidiano, es más inmediato que los oscuros análisis de los politólogos y economistas. Desde la nueva literatura colombiana uno siente el país mejor que tras una pantalla de televisión o un diario acomodado a tal o cual familia.


El periodismo literario colombiano por otra parte, queda por conocerse más allá de los nuevos nombres que hemos mencionado, lo mejor está por verse y anda cerca de nosotros, tal vez entre nosotros ahora mismo, es el de nuestras regiones, el de nuestra ciudad que hace renacer desde las historias de vida, desde la entrevista, reportajes y crónicas el nacimiento de novelas de “ficción”

Función estética caracteriza esencialmente a la literatura y seguidamente las demás, entre ellas, la informativa. Al periodismo, la estilística se supedita a la lógica de la función informativa de actualidad.

En el caso de la literatura colombiana más reciente, percibo que va ganando terreno un periodismo con vuelo estético que rompe los espacios de los medios impresos para hacerse periodismo literario desde la literatura con breves encuentros en la prensa diaria. Un periodismo que sin dejar el pulso de la realidad, del día a día, halla su dimensión más duradera e influyente cuando se aproxima a lo literario mediante el trabajo del estilo, la apropiación técnicas narrativas y un distanciamiento temporal cada vez menor de los acontecimientos.

Cada día, para bien de los que creemos en el olor y el contacto erótico con la hoja del libro o la gaceta, el periodismo literario colombiano nos cuenta historias como novelas, y novelas como historias en donde aparecen mundos íntimos y lugares comunes en donde se tocan historias cotidianas. Ahí están los reportajes de Juan Gossaín, Juan José Hoyos y Héctor Abad Faciolince, las novelas de memorias íntimas o testimoniales que nos convocan Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Mario Mendoza, Efraín Medina, Jorge Franco, Santiago Gamboa o Patricia Lara.

Todos estos ejemplos, entre otros, nos indican que desde la belleza del oficio de escribir, desde diferentes géneros (crónicas, reportajes, testimonios, o novelas), se está recuperando la memoria que se pierde entre las secciones de farándulas, las noti - capsulas y las encuestas electorales de último minuto.


Personalmente, mi cercanía a la realidad colombiana viene desde el encuentro con el periodismo literario o literatura de coyuntura que me descubrió desde su veracidad literaria, bien diferente a la verdad periodística los fenómenos de los sicariatos, el mundo del narcotráfico, de los secuestros y la vida política del país. Desde este periodismo literario, he confirmado no pocas tesis de la psicología social e íntima del colombiano y las colombianas. De otro modo, mi confusión fuera mucho mayor a la que tengo todavía tras diez años de compartir sueños y desvelos.

Por otro lado, está el otro periodismo, ese, que continuará existiendo, con su menguada producción de crónicas, buenos reportajes o entrevistas de profundidad. Allí estará con sus informaciones fragmentadas y muchas veces descontextualizadas para quedar sepultado en los archivos de los medios donde aparecieron, porque fueron textos que murieron con el día.

En un país como Colombia, donde las lógicas del poder informativo de los medios borran los antecedentes o los enganches de un hecho con otro para poder ver la realidad con el lente limpio y bien enfocado; el periodismo literario, desde sus recursos expresivos, haciendo rupturas espacio-temporales, jugando con la memoria afectiva y la hibridación de géneros nos da contexto y alternativas para construir o reconstruir la historia desde la verosimilitud.

Me apropio de Tomás Eloy Martínez cuando afirma “El novelista solo adquiere un compromiso con los lectores después de concluida la obra; ignora quienes la leerán, y por tanto primeramente tendrá que ser fiel a si mismo, a su vocación, al mundo propuesto en su libro, que suele partir del orbe de sus vivencias y creencias. El periodista, en cambio, cuando se aplica a escribir conoce a los destinatarios de sus cuartillas que le exigen apego a la veracidad y la exactitud esenciales del plano informativo y a todas las convenciones que definen, mediatizan y condicionan un texto periodístico”.

He ahí el peligro y el reto de los periodistas: El exceso de sometimiento a las normas convencionales, el fanático culto a la despersonalización. Por ello los que han perdurado en la memoria de los lectores del día a día, son los que en algún momento, quebrantaron la forma en interés de la búsqueda de las opciones que conviertan las páginas de un periódico, en un nicho de la vida no solo para el periodista que escribe, sino para el lector que lee. Es decir, ejercer el periodismo exige una dosis de vitalidad en el acto de la escritura que, aunque parezca que morirá con la jornada, logra dejar memoria durable de sí en el desafío a lo banal y opaco.


Para los que no convivimos con ellas pero en cualquier caso, tienen un alto sentido estético e intimista que transita entre el miedo y el goce más mundano. Entonces vale la pena el grato disfrute de la promiscuidad entre literatura y periodismo.

UN AÑO DE AUTO CENSURA

Un año de auto censura:Plan Colombia y medios de comunición.*


La autocensura al Plan Colombia ha sido un factor de ocultamiento de los compromisos y direcciones que tenía y tiene el Plan para el país.


Hemos concluido recientemente una investigación, publicada por la Universidad Autónoma de Occidente, Cali, que constituye el primer análisis crítico comparativo del tratamiento periodístico dado al Plan Colombia, por seis medios masivos escritos colombianos.


A lo largo de 724 páginas y con un CD anexo con la base de datos, se concluye que el análisis crítico de los medios masivos, casi siempre, ha quedado reducido a hechos puntuales y no a un trabajo sistemático de investigación crítica. La obra, en cambio, se adentra en el seguimiento día a día de un tema que, como el Plan Colombia, tiene (1496 registros) significación nacional e internacional para Colombia y la subregión de Venezuela, Panamá, Brasil, Ecuador y Perú.


El período escogido para el seguimiento fue del 1ro de agosto de 1999 al 31 de agosto del 2000. La investigación abarcó seis medios impresos colombianos: Revista CAMBIO, Revista SEMANA, y los diarios EL TIEMPO, EL ESPECTADOR, EL COLOMBIANO, EL PAIS; sin duda los más influyentes en la formación de la opinión pública nacional colombiana y de la percepción de los lectores extranjeros acerca de la realidad del país.


El libro es la conclusión de una investigación con fines académicos para perfeccionar la formación de los comunicadores sociales, pero sin duda, ha tocado aspectos en continuo debate dentro de la academia: la validación o necesidad de cambio de los criterios de noticiabilidad, la problemática de la llamada objetividad periodística, la responsabilidad ética y profesional del ejercicio periodístico desde el comunicador social y los medios de comunicación, el rigor en el manejo de las fuentes, el papel y lugar del periodismo investigativo, como respuesta a temas centrales de la ciudadanía y la sociedad, el uso de los géneros periodísticos, la importancia de los análisis de contextos y referentes sociopolíticos para una calidad periodística; y el manejo de los elementos formales (la macroestructura noticiosa), como factor estructurador de la opinión pública.

El ámbito del análisis

Así, el análisis abarcó las siguientes direcciones:
· Contexto colombiano y Plan Colombia.· Análisis del discurso mass mediático y caracterización de los Medios analizados.· Lo Periodístico - noticioso.· El Padrón Informativo (base de datos en CD).


Para la investigación se determinaron diversos criterios de carácter formal y de contenido para el análisis crítico de cada información publicada en relación al tema de estudio, desde lo explícito, lo implícito y lo presupuesto en cada información recogida.


Estos criterios fueron estructurados en una base de datos, en un programa de ACCESS, que permitió, al final del proceso de búsqueda, tener un balance cuantitativo de cada medio en particular, comparado y en general. Se trabajaron dos fichas. La primera ficha, de carácter general, aportó una información detallada de cada publicación que abarcaba entre otros ítems, la fecha, el medio que lo hizo, la fuente generadora de la información, el género periodístico, el titular, el encabezado (antetítulo, título y subtítulo), el lead, el área y cobertura de imagen o gráfica, todo esto, en primera y/o interior.


La segunda ficha se conformó con las fuentes periodísticas utilizadas. Así, en ella se identificaron la cantidad de fuentes utilizadas en cada información, el tipo de fuentes: oficiales, no oficiales, documentales o de otro tipo, en número y su identificación específica. Igualmente, ya hay una valoración de calidad de esas fuentes por los autores de este trabajo.


Posteriormente, se le aplicó a cada información registrada, un análisis particular, en cuanto al manejo del lenguaje: su estructura semántica y su funcionalidad pragmática, en el entorno del contexto sociopolítico del momento. Este nivel ya específico y de carácter cualitativo nos permitió hacer un balance del tratamiento informativo de cada medio, particular o incluso, de cada periodista o columnista que se adentró en el tema del Plan Colombia.


Para este tipo de análisis se consideraron los manuales de estilo que tienen los medios y en otros casos, se consideraron las normas generales vigentes en el ejercicio del periodismo, tomando en cuenta los manuales o normas de redacción más reconocidas en Latinoamérica (tres medios no contaban con manual de redacción propio).


Queda en cuestionamiento el concepto de noticiabilidad y el manejo de la libertad de prensa, cuando se ve la condicionalidad de los Medios a los centros de poder económico

Igualmente, el proceso de investigación exigió tener en cuenta una tipificación de cada medio, en cuanto a sus principios fundacionales, sus fines y compromisos socioeconómicos desde su fundación, hasta la actualidad.Por otra parte, se analizaron los diversos documentos conocidos del PLAN COLOMBIA, en las versiones norteamericana, europea, colombiana (la del Plan de Desarrollo y la de la web de la Presidencia de la República). Este análisis comparado fue la base para ver las similitudes y diferencias de fines y tratamiento temático del PLAN COLOMBIA. Obligatoriamente, los autores nos enfrentamos a una investigación del contexto colombiano desde la primera mención de este Plan en diciembre de 1998, durante la campaña presidencial de quien fuera electo presidente del país, Andrés Pastrana Arango, viendo los propósitos de cada versión.


Igualmente, aunque no es el centro de interés específico de este libro, se hicieron unas reseñas de las diferentes políticas de paz de los últimos gobiernos colombianos, tomando en cuenta, estudios ya concluidos por otros investigadores y de las políticas de seguridad nacional de las administraciones norteamericanas, desde los años 60, hacia América Latina y su posible nexo con el PLAN COLOMBIA, como elemento para entender los criterios de globalización de la política norteamericana hacia la región.

Los análisis sobre el Plan Colombia, estuvieran centrados en trabajos periodísticos originados en la prensa norteamericana y reproducidos por la colombiana

Resultados obtenidos

La investigación y el libro aportaron los siguientes resultados:
· Los Medios impresos analizados nunca publicaron el PLAN en alguna de las versiones del PLAN COLOMBIA y el hecho de su propia existencia, aun siendo un tema de gran impacto a corto, mediano y largo plazo en la política nacional e internacional del país durante la administración de Andrés Pastrana y ahora del electo Álvaro Uribe Vélez. Tal postura la consideramos como de autocensura, en esos Medios de Comunicación, por intereses extraperiodísticos y de franco condicionamiento de los Medios "observados" a centros de poder económico comprometidos con la política gubernamental. Es decir, terminaron haciendo propaganda gris.
· La autocensura al PLAN COLOMBIA ha sido un factor de ocultamiento de los compromisos y direcciones que tenía y tiene para el país. Se puede decir, siguiendo el pensamiento del estudioso de los Medios, Héctor Rincón (cronista de gran reconocimiento nacional), que estos insinuaron, pero no informaron. Por ejemplo:
No hay explicación, desde los propios y actuales criterios de noticia de los medios, para que el Plan Colombia nunca fuera noticia, dado que no fue aprobado por el Congreso colombiano, además del hecho de existir varias versiones.
Nunca se explicó con claridad de dónde saldrían los 4.000 millones que aportaría el país al Plan.
Que no hubiera un solo titular negativo en primera plana de un Medio, aunque sí en interiores.
· La poca claridad de la información, sobre este tema tiene más de propósito que de insuficiencia profesional. Así, el bajo perfil de la calidad noticiosa ha sido un factor de oscurecimiento u ocultamiento que de comprensión para la opinión pública colombiana. La ausencia de contexto y análisis cruzados fue una gran constante con raras excepciones. Aquí habría que señalar, que de todos los Medios analizados el periódico EL ESPECTADOR fue el más crítico, el más abierto y menos localista, durante la dirección de Rodrigo Pardo. El resto de los Medios prefirió una fidelidad y respaldo al Estado y al Gobierno, más interesados en la recuperación del prestigio y dignidad nacional ante la comunidad internacional, tan dañada en la presidencia Samper; los diarios EL TIEMPO y EL PAÍS y las revistas CAMBIO y SEMANA, especialmente, actuaron de este modo.

· El análisis de los discursos periodísticos mostró la precariedad del uso de los contrastes de fuentes y la dependencia de las fuentes oficiales que alcanzaron el 68 % de todas las fuentes utilizadas.
· Igualmente, un reflejo del bajo perfil en la calidad informativa está en la polaridad de los géneros periodísticos manejados en el transcurso de un año (1999­2000). Las estadísticas muestran que el 62% corresponde a noticias, mientras que sólo el 2% se refieren a lo analítico (informes especiales o reportajes). El diario EL ESPECTADOR fue quien realizó trabajos de fondo de mayor alcance.

· En esa misma dirección, es significativo que los análisis más profundos y críticos, sobre el PLAN COLOMBIA, estuvieran centrados en trabajos periodísticos originados en la prensa norteamericana y reproducidos por la colombiana. Los periodistas nacionales más críticos fueron los columnistas, aunque no reflejan la opinión de los Medios, siendo la columna de opinión el 15 % del total de todos los registros y los más analíticos Alejo Vargas y Gómez Buendía, mientras que los otros adolecieron de profundidad analítica, para quedar en la opinión pura y no en análisis de fondo.
· No obstante, es positivo señalar la apertura editorial en los espacios de opinión por los medios colombianos, algo que pocos años antes era impensable.
· La esperada diferencia en la calidad periodística, por la distinción de las lógicas de producción entre periódicos y revistas, por los tiempos de realización, no se pudo ver, reflejando las mismas insuficiencias y limitaciones las revistas que los periódicos.
· Los periódicos EL TIEMPO, EL PAIS y EL COLOMBIANO, no pocas veces violaron sus preceptos periodísticos al no identificar con claridad las fuentes, opinar en las noticias, y no buscar contrapartes a las fuentes utilizadas.
· El periodismo escrito, al menos sobre las bases de este tema, da pautas para calificarlo de estar muy lejos de ser un periodismo interpretativo.
· Un análisis de la información sobre el PLAN COLOMBIA permite ver cómo los Medios manejaron, y estructuraron estereotipos o clichés alrededor del país.
· Las encuestas y sondeos reflejaron la superficialidad y la manipulación al convertir sus resultados en verdades universales.
· Queda en cuestionamiento el concepto de noticiabilidad y el manejo de la libertad de prensa, cuando se ve la condicionalidad de los Medios a los centros de poder económico.

Este trabajo investigativo, como se ha dicho, estuvo dirigido en interés de la calidad académica, aportar un texto para la formación de los futuros periodistas y como base de un proyecto de observatorio de Medios en el suroccidente de Colombia, con criterios interinstitucionales que el Programa de Comunicación Social de la Universidad Santiago de Cali asume bajo la dirección del docente Pedro Pablo Aguilera, actualmente profesor de dedicación exclusiva en esa institución.


El trabajo fue realizado con la colaboración de la alumna Silvia Carolina Torres y contó con la asesoría externa del periodista y diplomático colombiano Leopoldo Villar Borda, ex defensor del Lector de EL TIEMPO y hoy asesor editorial del mismo diario.

*Este libro se encuentra agotado.

26 septiembre 2007

CODA A UN PRE CANDITADO LIBERAL DEL 2010 EN EL 2006.

“Hablemos de lo imposible porque de lo posible se sabe demasiado”
En “Resumen de noticias” de Silvio Rodríguez



Prof. Pedro Pablo Aguilera
Docente-investigador del grupo GICOVI
Director Departamento Humanidades
Universidad Santiago de Cali


La “conferencia” de Rafael Pardo, uno de los precandidatos a la presidencia por Partido Liberal en estas elecciones del 2006, no deja de ser justamente una intervención electoral, verla de otro modo sería ingenuo, aunque el mismo pretenda hacerla pasar por una intervención académica. Por ello, cualquier tesis expuesta hay que verla en los límites de una campaña electoral que será muy reñida en el 2010 para un Partido Liberal atomizado y en donde la izquierda democrática aparece como la fuerza política desde la oposición, con más alternativas al poder tras dos períodos de engañosa paz romana de “autoritarismo democrático”.

Rafael Pardo Ruedas será en ese futuro cercano, sin duda, la figura protagónica del Partido Liberal en donde ya será un hecho el necesario cambio generacional o de relevo de un Partido Liberal que no resiste las actuales pero viejas lógicas políticas del presente.

El candidato anticipado del 2010, Pardo Rueda, asegura que desde 1982 ha sido una política del gobierno y de cada campaña electoral, el deseo de encontrar una solución al conflicto armado a través del diálogo. Tal afirmación, sin dudas deja el sabor que la voluntad de la paz ha estado únicamente en el quehacer de una de las partes del conflicto armado, en este caso, desde el establishment. La historia real de los hechos, si es que hay una sola historia real, muestra que no es así, son más los protagonistas.

Y los fracasos de cada proceso de diálogo más o menos serio en el pasado, está no sólo en los contendientes armados ilegales. Los culpables también hay que encontrarlos en la actitud de las fuerzas castrenses que desde la incondicionalidad constitucionalista, han actuado “desconociendo” zonas de despeje, resistiéndose a realizar movimientos de repliegue entre otras modalidades de resistencia “pasiva”; pero no sólo ahí, sino también en los otros actores internos y externos como la sociedad civil colombiana o la comunidad internacional. Dejo pues, al lector, la aceptación o no de esta aseveración sobre la voluntad única de diálogo y solución del conflicto a cargo de la clase política colombiana.

No obstante, ante el temor del olvido o la falta recurrente de memoria histórica, mencionaré la doble moral, el doble juego que realizara la administración Pastrana entre 1998 y el 2002 al enunciar su voluntad de paz en forma paralela al Plan Colombia que no fue otra cosa que un plan B, de fortalecimiento militar sin el cual el actual gobierno de Álvaro Uribe le hubiese sido del todo imposible implementar de entrada, la cuestionada política de “seguridad democrática”. Mayores comentarios sobran.

SOBRE LA COMPRENSIÓN DEL CANDIDATO DE LAS MOTIVACIONES DEL CONFLICTO.

Coincido en asumir como decía Klausevitz que “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, pero entendamos dos claridades que no pueden pasar por alto; en primer lugar la guerra en la continuación de la política por métodos violentos y no cualquier medio, en segundo lugar, la política es la expresión condensada de la economía como decía Lenin otro gran teórico y político de gran trascendencia al igual que el teórico prusiano en la historia contemporánea. Política, Guerra y Economía, entonces son conceptos indisolublemente ligado en la comprensión de la lucha por el poder y del conflicto armado interno colombiano.

Aparentemente el expositor candidato liberal y el que analiza sus palabras, tienen plena coincidencia pero la diferencia es que el político liberal deja el factor economía por fuera de la ecuación de la lucha por el poder, y tal concepción sólo oculta el problema real que representa luchar por el poder, que es ante todo un interés económico en tanto soporte y fin de un modelo político de ejercer el poder. El poder no es abstracto, es un sistema de control de validar las aspiraciones de los que acceden a él, en unos casos para concentrar la riqueza en unos pocos, en otros en las mayorías, es aquí donde la economía cobra importancia en el debate político, en el debate del poder. Porque es la economía el soporte real para ejercer la política en tanto desde ella se generan las riquezas necesarias para construir los proyectos políticos deseados. El poder por el poder, no existe; el poder es la expresión del control de los medios financieros, comunicativos, jurídicos, legislativos, ejecutivos e ideológicos para validar un proyecto político. Omitir la interdependencia entre los conceptos antes mencionados es eliminar la variable que divide a Colombia entre 31 millones de hombres y mujeres situados en la pobreza, frente a otros 14 millones de colombianos y colombianas con niveles de vida razonables y unos pocos miles de ellos situados en la opulencia extrema. Con esta precisión entonces sí estaría de acuerdo cuando el candidato Pardo Rueda expresa “o sea, no puede haber un proceso de paz ni una negociación de paz que tenga posibilidad de éxito sino interpreta adecuadamente el conflicto: si no se entiende la guerra, no se puede construir la paz”.


Para el expositor, el análisis del conflicto interno armado colombiano (que no es una guerra en el sentido estricto, pues no compromete la confrontación de dos estados o naciones), se reduce a la confrontación entre los grupos ilegales frente al Estado en lucha por el poder, en el que se desvirtúa la calidad de lo político.


Para el candidato liberal los únicos contendientes en el conflicto interno armado son el Estado y la guerrilla de las FARC, deja curiosamente por fuera los otros grupos comprometidos y de forma tangencial y sí con fuerte protagonismo como son los paramilitares, la gran empresa colombiana y actores externos como es el gobierno norteamericano. Es peligroso reducir el conflicto a simplicidades.

En Colombia el Estado, expresión de los intereses político-económicos de la clase política tradicional y del gran capital nacional-internacional, se enfrenta a un conflicto armado en el que si bien no pierde el poder central, si pierde grandes espacios de territorios y espacios simbólicos de poder ante las FARC, los paramilitares y el propio narcotráfico que son también actores ilegales del conflicto. Es un conflicto sin derrotados y sin vencedores. Es un conflicto en el que su degradación extrema al comprometer a la población civil por el uso de tácticas de terror (masacres, uso de armas no convencionales de alto poder destructivo, desplazamientos forzosos de civiles), por la capacidad de mimetismo en la población civil de los actores armados ilegales y por la existencia de una economía de guerra en poder esos grupos que le permiten enfrentar a la fuerza pública sin mayores pérdidas en un territorio indomable por su extensión y características topográficas. El conflicto colombiano es una muestra absurda y macabra para los actores armados, legales e ilegales de que “todos ganan”.

El conflicto colombiano no se debe reducir al conflicto armado. Este es la expresión extrema del conflicto de intereses que siendo como dice Pardo Rueda subsidiarios de la política, son muy importantes y en última instancia supeditan a la propia política. Me refiero a los otros intereses económicos, no inmersos en la economía del conflicto y sí a los intereses económicos no violentos que se defienden, que luchan frente a otros, dentro de los límites de la democracia: por ello la importancia de ganar los espacios de ejercicio político de los diversos grupos de poder en el Congreso, en la Cámara, en las JAL o en las JAC.

La lucha por el poder no solo se gana o pierde, se protege o se pone en riesgo desde el poder de las armas, también, y muchas veces se desprecia en los ejercicios de poder que tienen pulso al discutir una ley en el país. Es en ese entorno, el de la política, en donde se ejercen desde diferentes grupos de poder los intereses económicos que pujan por mejorar sus relaciones de poder frente a los otros. Un país como Colombia con tantas inequidades sociales por la forma tan desequilibrada en que se distribuye el PIB tiene que entender que el factor económico no es un factor más. Es el factor determinante por el que se disputa el poder desde el poder cada vez más desde las marginalidades de la sociedad y no solo en los salones del Congreso y la casa de Nariño. Tal desconocimiento dejaron de ser una advertencia en Brasil, Venezuela y Bolivia y puede ser que a futuro el caso de Perú y México.

EL CANDIDATO ANTE LA NEGOCIACIÓN DEL CONFLICTO.

Aunque el tema de la posible negociación al conflicto fue el cierre de la exposición, en los primeros “pasos” de ella Pardo Rueda hace una clara referencia a la opción militar, incluso mucho más que eso, deja claramente expuesto su inclinación por una opción militar al sostener que no pocos conflictos internos armados internacionales encuentran como única alternativa la solución por la vía de las armas. La sola mención de la posibilidad de la prolongación de la guerra y solución desde la guerra de este conflicto armado, no puede ser más que el argumento o la posibilidad para captar la atención del complejo militar nacional e internacional, y en segundo lugar, de la casta militar que encuentra en el conflicto la posibilidad de realización profesional que en realidad no tendrá ni vencedor ni vencido. Esta idea, en un político que conoce el valor de la opción dialogada ante el conflicto armado colombiano, en la que ha sido un actor protagónico como el mismo reconoce, entonces, no es más que un argumento electoral, lo otro sería de una tremenda irresponsabilidad en consecuencia política.

Nuevamente en detrimento de los propios argumentos del candidato Pardo, los hechos indican que en el caso israelí se mantiene el diálogo precario, pero diálogo, aun cuando el gobierno de Palestina tiene la línea más radical desde el fundamentalismo islámico. Igual pasa en el caso español en que el radicalismo etarra decide enfrentarse al diálogo.

Por otra parte, Pardo Rueda expone sus criterios ante las llamadas escuelas “romántica” y “realista” para abordar una posible negociación del conflicto armado interno colombiano. En verdad no conozco tales escuelas, creo que las denominaciones fueron “literarias” y no académicas, no hubo mención a politólogos o autores aunque recomendó el estudio de estos enfoques. La sorpresa no fue justamente la ausencia de referencias directas a teóricos de tales enfoques, cosa lógica en un auditorio universitario, pero igualmente lógico en una campaña en donde la calidad del discurso se sacrifica por una pretendida claridad e impacto en la audiencia potencialmente electora de su propuesta de gobierno en el 2010.

No dejo de sonreírme al escuchar que los gobiernos y las figuras de Belisario Betancourt y Andrés Pastrana son ubicados en la línea de pensamiento “romántico”. ¿Romántico las acciones de aniquilamiento y desapariciones en el Palacio de Justicia en 1985? ¿Romántica la estrategia del Plan Colombia como Plan B para fortalecer la capacidad militar ante la real eventualidad de un fracaso de un proceso de paz en el Caguan?


Uno y otro presidente no fueron nada románticos, fueron muy realistas en cada decisión y en defender los intereses de sus grupos de poder político. La mano cruenta ante el M-19 y el estatuto de seguridad no supero determinadas reformas y ser el punto de partida para Virgilio Barco en acordar otro proceso reformista con los radicalizados de ascendencia liberal que se alzaran en armas tras el fraude a Rojas Pinilla.

En el caso del gobierno de Andrés Pastrana el romanticismo no fue tal como quiere hacer ver Pardo Rueda. Pastrana no fue un presidente debil, fue indeciso, pero desde siempre optó y lo reconoce en su libro “PALABRAS BAJO EL FUEGO”, que frente al Caguan estaba el Plan Colombia con un fortísimo componente militar. El llamado romanticismo de Pastrana ha sido la primera garantía para que el gobierno de Uribe pudiera enunciar e implementar su política de “Seguridad Democrática”. Sin el Plan Colombia, Uribe estaría imposibilitado de hacer el simulacro de confrontación y victorias militares ante un grupo como las FARC que optó por un repliegue estratégico.

Lo asombroso es que un político como Pardo Rueda, afirme que los presidentes Betancourt y Pastrana “tuvieron un enfoque idealista, porque tuvieron la concepción de que la existencia de la guerrilla tenía que ver con la existencia de condiciones de desigualdad en la sociedad colombiana” ¿Será que Pardo Rueda cree que en este país hay condiciones de igualdad en la sociedad colombiana? Cualquier respuesta para demostrar las terribles desigualdades entre el campo y la ciudad; entre; entre los tres millones de desplazados y las menos de cien familias que controlan mayoritariamente la riqueza del país; entre los que no tienen escuelas, salud asegurada, un techo donde dormir y un empleo digno; entre los que no tienen derecho a la dignidad de ser humanos y los que lo son, es inabarcable en este comentario, pero las desigualdades de esta sociedad son inconmensurables y son las bases de cualquier solución del conflicto.


El futuro candidato liberal en el proceso electoral del 2010 afirma que los fundamentos de cualquier negociación exitosa es “generar confianza con quien se va a negociar” y afirma: “¿Cómo se genera confianza? Esencialmente, haciendo ver al otro que uno está en capacidad y en disposición de hacer lo que él pide, tener gestos unilaterales”.


Seamos claros la confianza así como se gana, se pierde y hay ya demasiadas décadas o siglos en los que han tenido el poder no han generado tal confianza o han estado amarrados a los que le colocan en el poder desde dentro (y desde fuera) que no tienen real capacidad, o voluntad real de hacer gestos ante las necesidades del otro. Ese otro que no es abstracto o intangible, es el campesino, el obrero, el desplazado, el marginal, el indígena y el negro, es la inmensa mayoría del país que siguen esperando hechos reales que generen confianza sin trampas mañosas de la política que hacen una fantasía a una constitución del 91 o realizan una contrarreforma agraria y ahogan al campo colombiano con la genuflexión ante Washington con el TLC.

En lo que si coincido con Pardo Rueda es que el gobierno que debe supuestamente ser el poder, nunca ha tenido ni capacidad para generar confianza en sus interlocutores en los procesos de negociación. La razón es que desde dentro del poder o desde fuera de este, pero muy cerca de el, hay intereses muy interesados en que el estado de cosas no cambie para bien. Por ello el ejército, la gran empresa, la banca han creado las crisis desde sus círculos de poder para frenar y hacer inviables cualquier negociación. Por el contrario la actitud frente a sus aliados estratégicos como los paramilitares han fructificado con impensados actos de confianza como la ley de Justicia y Paz, cancelación de las extradiciones de connotados narcotraficantes y la entrega de tierras o facilidades para ejercer presiones en la política tradicional por medio de los asesinatos selectivos de los opositores o sus allegados (recordemos el aniquilamiento de la UP) ¿Confianza para quién? ¿Gestos para quien? ¿Voluntad de qué y para qué? Pardo Rueda comparte nuestra visión cuando se adentra en el falsamente llamado proceso de negociación con los paramilitares, pero es incapaz de ver otras realidades que hemos mencionado. Pardo Rueda es muy analítico haciendo la cronología y cruce de miradas entre la actitud del poder ante procesos con las FARC y los paramilitares.

La conclusión es clara: el poder con sus aliados, aunque sean delincuentes, asesinos, narcotraficantes les da confianza y tiene capacidad para generar esa confianza; es fiel hasta en la maldad. Por el contrario con sus reales antagonistas se cierran los gestos y los actos de confianza. No hay voluntad y ahí están las mil justificaciones reales o exageradas para asumir un acuerdo humanitario.

La propuesta concreta para la viabilidad de la negociación de Pardo Rueda es: “Una política de paz que solamente tenga la negociación directa entre las partes no llega a la paz, una política de paz que no parte de una política pública no llega a la paz y una política de paz que no tenga en cuenta un diagnóstico sobre el conflicto, en mi opinión por el poder político, no llega a la paz”. Para quien ha transitado por experiencias en otros contextos o al menos ha estado relativamente cerca de ellos sabe que la afirmación del candidato no9 deja de ser más que eso, una propuesta de un candidato. Todo proceso de negociación y mencionare algunos de los más importantes en estos años han tenido en la máxima reserva la verdadera negociación, siendo conocida por el público pocas cosas. Recordemos el acuerdo tripartita entre Sudáfrica-Angola-Cuba que dio por terminada una guerra entre 1975 -1990. Poco se supo y participación hubo en esa paz exitosa que derivó en la independencia de Namibia colonia sudafricana y el tránsito concertado de la extrema derecha sudafricana al Congreso Nacional Africano que lideraba Nelson Mandela. Poco también se conoció en lo público las complejas negociaciones secretas entre el gobierno ingles y el IRA, las que se dieron en su momento entre israelíes y palestinos o las que se dan entre el ELN y el gobierno de Uribe o el gobierno español y ETA. “Hay cosas que para lograrlas han de andar ocultas” dijo José Martí, uno de los políticos más importantes de la historia latinoamericana, y eso es una realidad que no puede ser discutida aunque en las campañas políticas se diga lo contrario.

DEL TEMA DE LA MOVILIZACIÓN CIUDADANA

Pardo Rueda convoca y argumenta la necesidad de una movilización nacional para el tema del acuerdo humanitario, afirma que “Necesitamos una política activa, un clamor permanente para reclamar por una situación humanitaria que Colombia requiere resolver.” Cierto, pero el problema humanitario trasciende el tema del secuestro y llega al tema de las profundas desigualdades sociales, económicas y políticas que vive el país. La movilización ciudadana, el clamor nacional no debe quedar como consigna electoral que muestra la incapacidad del poder, vuelvo a insistir, de este o aquel Partido, del propio gobierno en el tema de los secuestrados. La convocatoria debe abarcar el tema del TLC, del hambre, de los desplazados, de los millones y millones de pobres en un país extremadamente rico pero con una distribución inequitativa en extremo.

Movilización ciudadana implica trabajar para construir un tejido social que articule lo que en otras partes es conocida por sociedad civil, pero que en el contexto de la realidad de este país no deja de ser un concepto para politólogos, cientistas sociales y textos. La realidad es que Colombia carece de una capacidad movilizativa organizada tras los asesinatos selectivos que aparecen recurrentemente cuando se amenaza el sistema de poder. La muerte asecha, las cifras están ahí, los muertos, desaparecidos también.

La libertad de los secuestrados es importante como importante es ver la movilización ciudadana como el elector directo o primario que ejerce su opinión pública por encima de los Medios de Comunicación y Partidos Políticos en temas tan trascendentales como el derecho a la vida, el trabajo, la salud y el rechazo a los acuerdos internacionales trabajados desde el poder y para el poder político.

BALANCE DESDE FUERA

La oportunidad de escuchar a Pardo Rueda en un ámbito universitario obligó en algo a disminuir que en plena campaña como precandidato liberal se quedara en propuestas carentes de análisis. Aquí tuvimos la oportunidad de escuchar análisis que más allá de compartirlos o no mostró la crisis de no pocos políticos colombianos para enfrentar la realidad con plena claridad. Pardo Rueda trato de ser agudo, pero fue conciliador. Trató de entrar en las causas del conflicto, las motivaciones pero quedó en la primera piel, no entró hasta donde duele. Su mirada ante los modelos de negociación “románticos” y “realistas” fueron un ejercicio intelectual limitado y pobre argumentativamente. No fue capaz de aceptar que la clase política tradicional liberal y conservadora es la expresión política de los centros del poder económico colombiano e internacional que temen y pueden todavía dilatar una negociación de fondo.

Finalmente, Pardo Rueda convocó a la movilización ciudadana por el acuerdo humanitario reduciendo el tema a los secuestrados sin entender que cualquier acuerdo humanitario más que un intercambio de personas es un cambio de realidades que agoten la viabilidad desde las ideologías, la política o la ilegalidad nuevamente una economía de la guerra, el miedo y el secuestro tras banderas de cualquier color o signos.

Finalmente, Pardo Rueda mostró edad y oficio político para arriesgar más para ser un candidato de renovación en el partido Liberal en las elecciones del 2010, lo que no mostró determinación real para dar ese cambio, jugo con la palabra, con la realidad, pero quedó donde están sus maestros de la política tradicional a diferencia de otro liberal como Carlos Gaviria que fue capaz sin reconocerse liberal la necesidad de romper esquemas a favor de la democracia colombiana.