Al margen de no compartir las concepciones eurocentristas de MODERNIDAD y POSTMODERNIDAD, estoy convencido que los rasgos y dinámicas de nuestra época son radicalmente diferentes a las precedentes. El mundo, en sus modos de producir, circular, intercambiar, y consumir es bien distintos a los de hace treinta años.
El hombr@, en tanto sujeto histórico y social tiene ante sí y en él, los problemas de antes sobre dinámicas económicas, socioculturales, científicas, estéticas e ideológicas muy diferentes, pero no pocos se resisten entender que así como la geometría euclidiana tiene unos referentes, la geometría de Lovachesvky tiene otros, siendo igualmente verdad y sin llegar al relativismo extremo.
Aceptemos que la modernidad sigue siendo inconclusa en Latinoamérica según los parámetros del pensamiento europeo clásico. Aceptemos igualmente, que el pensamiento llamado postmoderno actuó como contra cultura en lo que se denominó “capitalismo tardío” en los años 70’. Incluso por estos días, no pocos, lo entienden así en tanto la postmodernidad privilegia la comprensión de las representaciones de las múltiples diversidades culturales, sociales, pedagógicas. No niego el aporte de la mirada a lo local desde el discurso postmoderno o hacia, lo contingente y la lucha contra las totalizaciones o lo hegemónico a ultranza. Tal apreciación que puede ser cierta. Pero, siempre un pero o más; la realidad no es la sumatoria de representaciones simbólicas o lingüísticas, que son importantes. La realidad y sus contradicciones hay que verla en una dimensión de realidades complejas de relaciones sociales que en nada son simbólicas, en el contexto de nuestra realidad que no es Europa, esto es mucho más claro, al menos para mí.
La cultura de la Humanidad ha visto los procesos de resignificación desde el poder sobre proyectos emancipadores y contestatarios como el cristianismo, la cultura el arte POP. A mi modo de ver, el postmodernismo tuvo esa maldita suerte de ser resignificado desde las poderosas lógicas del poder o los poderes hegemónicos y jugando con la ambivalencia de su discurso, ha ido insertándose justamente como la filosofía de la fragmentación, el individualismo, la ruptura de la mirada de los Estado-Nación, la antimemoria, la desideologización y de la justificación del “todo vale”. Seré claro, el postmodernismo sí fue revolucionario para un Jamenson en algún momento, pasó a ser la filosofía del neoliberalismo, es su ideología y encubre, justifica la lógica de estos tiempos de globalización neoliberal. Maldita su suerte.
La educación no ha escapado a este debate siendo un factor estructurador de saberes, compromisos y valores, además de ser un agente racionalizador de su tiempo. La educación en tanto sistema de sistemas ha sido objeto del debate postmoderno en temas tan importantes como las competencias, la estructura curricular y los ambientes de aprendizaje por citar unos temas que están al día. Las posiciones frente al debate que como he expresado tiene connotaciones filosóficas, culturales y políticas son bien opuestas. ¿Resistencia o cambio? Para unos lo primero, para otros lo segundo.
Los modos y escenarios de aprendizaje para bien, se han enriquecido con las nuevas tecnologías y los ambientes virtuales, los aprendizajes son cada vez más flexibles y autónomos; además, ya el conocimiento se evalúa por las competencias que tiene un sujeto y no por calidad del saber en un mundo interdependiente. Se es más pragmático, más utilitario e incluso se debate cada vez más sobre el valor y alcances de competencias universales.
El pluralismo pedagógico como modelo provoca más de una sonrisa y más de una sospecha por estos tiempos de postmodernidad. El “todo vale” entró en el campo de las didácticas y metodologías de la enseñanza. Ese es nuestro reto sin perder el horizonte que la “ganancia educativa”, la “plusvalía de la enseñanza” es formar individualidades y colectividades plenas y no enajenadas, responsables socialmente ante su tiempo sin ser réplicas de nuestras conciencias e intereses.
Permítanme centrarme en el tema de los valores, en la axiología. La postmodernidad alude y justifica la existencia de una crisis total y absoluta en lo referente a los valores: la polaridad entre lo bello y lo feo, lo bueno y lo malo, la verdad y la falsedad, entre individuo y sujeto social se han relativizado hasta niveles tan extremos en que los referentes de los procesos comunicativos desde los individuales hasta los masivos han llegado a la incomunicación total. Es decir, la relativización de la axiología posmoderna fractura desde la defensa de la real posibilidad de la intertextualidad y resignificaciones, la comprensión e interdependencia de los textos y los contextos.
Ese es el riesgo del pensamiento postmoderno: querer y casi lograr la canalización de lo histórico, lo ideológico, aunque este tan maltratado ese concepto, y el relativizar desde el ejercicio intelectual las contradicciones de nuestra época.
La Cultura Light posmoderna ha llegado a la interpretación de la realidad y se hace lenguaje cotidiano en la educación cuando aludimos a la pobreza con ese termino de “los menos favorecidos”. Igual pasa cuando mencionamos estratificación y somos vergonzantes ante la existencia de las clases sociales…”¡¡SIN EMBARGO SE MUEVE¡¡” Los ejemplos son cotidianos.
Seamos muy claros: nuestros tiempos, estos tiempos, el hoy es muy diferente al ayer. Pero eso no quiere decir que estemos en sintonía con esa filosofía del reggettón que afirma “que lo que pasó, pasó”. No, el hoy es resultado asidero del presente y las rupturas deben ser entendidas desde una continuidad y múltiples condicionamientos históricos y sociales.
El reino de la libertad no es el desconocimiento de la autonomía en civilidad que permita asumir la responsabilidad ante lo público. La aceptación tácita y pasiva en lo que hoy reconocemos “crisis de valores” impone a la educación el reto de repensarse y recuperar un protagonismo que sin autoritarismos y dogmas, reflexione sobre la necesidad de repensar al sujeto de la educación, en donde nosotros también estamos, con responsabilidad axiológica.
No defiendo ni mucho menos, la “razón iluminada” de la modernidad que fue incapaz de concluir su proyecto racional. No; acepto que la modernidad no solo ha sido inconclusa sino maniquea. Incluso, desde el propio pensamiento de Habermas que dejara abierta la utopía para una reconstrucción de la modernidad. Este pensador de gran valor, no lo niego, eludió el compromiso político para quedarse en una eticidad, una dignidad de Hombre a nivel abstracto. La modernidad murió, como el Renacimiento, o el Helenismo. ¿Qué viene entonces? Poco importa el juego lingüístico, pero la postmodernidad en tanto filosofar de este tiempo es maniquea y desmovilizadora de cualquier proceso estructurador de valores por su relativismo extremo, por su ahistoricismo y su juego retórico para justificar la “racionalidad del neoliberalismo”. Ante eso la educación debe pensar.
La educación ha sido y debe ser, un factor integrador desde la diferencia, las múltiples diferencias de las individualidades, en un proyecto de todos y para el bien de todos. No somos átomos, somos sujetos sociales complejos con proyectos de vida que debemos compartir un entorno ecológico, cultural, comunicativo económico y político. El Hombr@ aislado, no es hombre, es un gen mutante que puede ser, digo que puede ser cancerígeno y mortal. La sociedad desde la educación debe actuar por la defensa de individualidades y colectividades plenas, absolutamente plenas pero con responsabilidad colectiva, social. Solo así, la llamada sociedad civil tendrá valor, sentido y capacidad de acción, cosa que en nuestro presente no es.
Hoy, justamente hoy, esta ciudad y país está inmersa en una contienda de ideas y de lucha por antagónicos proyectos de país, de nación y de convivencia. Eso es importante, es justo, es necesario, pero al parecer en los extremos de entender el país están los poderes más grandes, los que entienden la paz desde el ejercicio de la muerte.
Entonces “somos responsables no sólo de algo sino ante algo, “ante una instancia” que nos obliga a justificarnos. Esta instancia, como se dice cuando se deja de creer en la divinidad, es la conciencia moral” (1). Somos igualmente responsables con los otros como educadores, ante la familia, ante la sociedad, porque por más que se quiera el Hombr@ no es no es una isla, no está solo en el mundo, sus actos, aún los que considere absolutamente privados, tienen consecuencias sociales y axiológicas.
La educación debe velar hoy justamente en que nos situamos en un aquí, en un ahora muy justos y precisos para responder sí está primero el bien y el deber que el placer, o sí vale más la verdad que la utilidad. La toma de un camino u otro, es nuestra responsabilidad no sólo de nosotros sino ante nuestra comunidad educativa.
En fin, los valores no son abstractos, estos nos muestran más allá de lo fortuito, de aquel o este profesor que “el hombre es un ser en proyecto”. Todo está en constante movimiento. Por ello, nuestra axiología debe mostrar que la libertad humana es azarosa. La educación entonces, es indispensable, para ayudar construir la llamada “segunda naturaleza”, que le posibilite realizarse plenamente como humanidad pero desde la realidad de las cosas y no de su representación simbólica.
(1) HANS, Jonás. Pensar sobre Dios y otros ensayos.
