27 septiembre 2007

EL GRATO DISFRUTE DE LA PROMISCUIDAD


Es hora de que nos manipulen desde un lado mucho más humano.
Gonzalo Márquez Cristo

[Ponencia a presentar en la Mesa Redonda “Literatura y periodismo en la Colombia contemporánea»]

Prof. Pedro Pablo Aguilera González
Director Departamento Humanidades
Universidad Santiago de Cali


Periodismo y literatura se han acercado cada vez más, pero hay distancias suficientes para que ambos campos tengan su propio espacio. No obstante, para bien del periodismo, la literatura ha robado espacios periodísticos sin pedir permisos, salvando al lector del exceso de superficialidad, aburrimiento y la falsa objetividad. Por su parte, hoy la literatura ya reconoce que los libros de memorias y los reportajes, pueden tener altos valores artísticos.

Para algunos como Alejo Carpentier, el ilustre novelista y periodista cubano, “la diferencia entre el periodismo y la literatura, estriba en que aquel trabaja con los acontecimientos en caliente, y esta con ellos en frío”. Por lo tanto, siendo más inmediato, el periodismo se ve constreñido a la urgencia y la síntesis, y a cierta inevitable superficialidad condicionada por la jerarquización de los acontecimientos y el espacio que ellos merecen.

Para otros como Gabriel García Márquez, su reconocido escritor y periodista, en cualquier análisis sobre el asunto, él parte de que “el periodismo es un género literario”. Esto es, el periodismo no es un pariente pobre de la literatura. Es otra vertiente de la literatura, aunque más utilitaria y, por tanto, menos perdurable.



Así las cosas, tenemos que tanto literatura como el periodismo, buscan como fin supremo, captar el interés del lector, gustar al lector, convencer que el texto que leerán es creíble y verosímil. La literatura lo consigue enfatizando en lo artístico; el periodismo en la calidad informativa.

El campo de lo estético es donde se da el punto de encuentro entre literatura y periodismo pues pueden llegar a ejercen funciones similares, es decir: educativas, éticas, informativas, psicológicas y lúdicas.

Cuantos menosprecian la aparente faena menor del periodismo, se fundamentan en aquellos medios y profesionales que la ejercen con la actitud del que acomete el trabajo sabiendo de antemano la poquedad de su tarea. Hay ingredientes de acomodamiento, de carencia vocacional, de convicción creativa e incluso de cultura en las redacciones. Por lo cual el periodismo no es intrínsecamente limitado o precario.

Finalmente, hablo de lo que he convivido con ustedes: En los años 90, y lo que va de está década, Colombia es el espacio soñado para cualquier escritor por lo terrible, absurdo y bello que tiene este mundo: guerras, tragedias humanas y ambientales, utopías envejecidas y nuevas utopías replanteadas, mundo indígena, mundo caribe, mundo pacífico, desplazados, tribus urbanas, rupturas de moralismos y posmodernidad distrófica. Esas realidades y otras muchas, han hecho que escritores como los antes mencionados y otros como Enrique Serrano, Ricardo Silva y Fernando Quiroz vengan a ser la generación de relevo al boom macondiano.

Para mi, lector vicioso y agradecido de este país, creo que el periodismo colombiano pasa por un buen momento, un excelente momento en donde hay un resurgir del reportaje, la crónica y la entrevista, pero que no queda en los diarios y revistas o queda muy poco. Estos escritos en manos con sensibilidad e imaginación, pero también con sentido común, sufren una mutación genética en la calidad de géneros y saltan del periodismo inmediatista al periodismo literario. Es en ese nuevo y cercano espacio, el de lo literario, que se recupera la memoria del país sin ataduras metodológicas de sociólogos, violentólogos o historiadores. El periodismo literario colombiano de hoy no teme ser promiscuo en recursos expresivos. Es un historiadores que siendo más mediato que el periodismo cotidiano, es más inmediato que los oscuros análisis de los politólogos y economistas. Desde la nueva literatura colombiana uno siente el país mejor que tras una pantalla de televisión o un diario acomodado a tal o cual familia.


El periodismo literario colombiano por otra parte, queda por conocerse más allá de los nuevos nombres que hemos mencionado, lo mejor está por verse y anda cerca de nosotros, tal vez entre nosotros ahora mismo, es el de nuestras regiones, el de nuestra ciudad que hace renacer desde las historias de vida, desde la entrevista, reportajes y crónicas el nacimiento de novelas de “ficción”

Función estética caracteriza esencialmente a la literatura y seguidamente las demás, entre ellas, la informativa. Al periodismo, la estilística se supedita a la lógica de la función informativa de actualidad.

En el caso de la literatura colombiana más reciente, percibo que va ganando terreno un periodismo con vuelo estético que rompe los espacios de los medios impresos para hacerse periodismo literario desde la literatura con breves encuentros en la prensa diaria. Un periodismo que sin dejar el pulso de la realidad, del día a día, halla su dimensión más duradera e influyente cuando se aproxima a lo literario mediante el trabajo del estilo, la apropiación técnicas narrativas y un distanciamiento temporal cada vez menor de los acontecimientos.

Cada día, para bien de los que creemos en el olor y el contacto erótico con la hoja del libro o la gaceta, el periodismo literario colombiano nos cuenta historias como novelas, y novelas como historias en donde aparecen mundos íntimos y lugares comunes en donde se tocan historias cotidianas. Ahí están los reportajes de Juan Gossaín, Juan José Hoyos y Héctor Abad Faciolince, las novelas de memorias íntimas o testimoniales que nos convocan Laura Restrepo, Fernando Vallejo, Mario Mendoza, Efraín Medina, Jorge Franco, Santiago Gamboa o Patricia Lara.

Todos estos ejemplos, entre otros, nos indican que desde la belleza del oficio de escribir, desde diferentes géneros (crónicas, reportajes, testimonios, o novelas), se está recuperando la memoria que se pierde entre las secciones de farándulas, las noti - capsulas y las encuestas electorales de último minuto.


Personalmente, mi cercanía a la realidad colombiana viene desde el encuentro con el periodismo literario o literatura de coyuntura que me descubrió desde su veracidad literaria, bien diferente a la verdad periodística los fenómenos de los sicariatos, el mundo del narcotráfico, de los secuestros y la vida política del país. Desde este periodismo literario, he confirmado no pocas tesis de la psicología social e íntima del colombiano y las colombianas. De otro modo, mi confusión fuera mucho mayor a la que tengo todavía tras diez años de compartir sueños y desvelos.

Por otro lado, está el otro periodismo, ese, que continuará existiendo, con su menguada producción de crónicas, buenos reportajes o entrevistas de profundidad. Allí estará con sus informaciones fragmentadas y muchas veces descontextualizadas para quedar sepultado en los archivos de los medios donde aparecieron, porque fueron textos que murieron con el día.

En un país como Colombia, donde las lógicas del poder informativo de los medios borran los antecedentes o los enganches de un hecho con otro para poder ver la realidad con el lente limpio y bien enfocado; el periodismo literario, desde sus recursos expresivos, haciendo rupturas espacio-temporales, jugando con la memoria afectiva y la hibridación de géneros nos da contexto y alternativas para construir o reconstruir la historia desde la verosimilitud.

Me apropio de Tomás Eloy Martínez cuando afirma “El novelista solo adquiere un compromiso con los lectores después de concluida la obra; ignora quienes la leerán, y por tanto primeramente tendrá que ser fiel a si mismo, a su vocación, al mundo propuesto en su libro, que suele partir del orbe de sus vivencias y creencias. El periodista, en cambio, cuando se aplica a escribir conoce a los destinatarios de sus cuartillas que le exigen apego a la veracidad y la exactitud esenciales del plano informativo y a todas las convenciones que definen, mediatizan y condicionan un texto periodístico”.

He ahí el peligro y el reto de los periodistas: El exceso de sometimiento a las normas convencionales, el fanático culto a la despersonalización. Por ello los que han perdurado en la memoria de los lectores del día a día, son los que en algún momento, quebrantaron la forma en interés de la búsqueda de las opciones que conviertan las páginas de un periódico, en un nicho de la vida no solo para el periodista que escribe, sino para el lector que lee. Es decir, ejercer el periodismo exige una dosis de vitalidad en el acto de la escritura que, aunque parezca que morirá con la jornada, logra dejar memoria durable de sí en el desafío a lo banal y opaco.


Para los que no convivimos con ellas pero en cualquier caso, tienen un alto sentido estético e intimista que transita entre el miedo y el goce más mundano. Entonces vale la pena el grato disfrute de la promiscuidad entre literatura y periodismo.