Cuando terminó de disparar la segunda ráfaga cerca de la 1:10 p.m. de aquel día 9 de octubre de 1967, Mario entraba en la historia de la peor forma. Se situaba en el oscuro lugar de los decapitadores de primaveras, solo comparable a los soldados romanos que asesinaron a Jesús de Nazaret en el Gólgota; él, como aquellos legionarios romanos, era un triste hombre que se enfrentó ante la historia viva sin estatura moral y lleno de los miedos humanos.Me imagino que igual les ocurrió a aquellos hombres que se ensañaron en el rebelde e inteligente Jesús, incando sus lanzas, dando vinagre en vez de agua, clavando los clavos chatos en las articulaciones de quien se negó a negar su condición de líder cuando fuera capturado en el Monte de los Olivos y la pasividad de su pueblo.
Me imagino a Mario Terán entrando de la luz del medio día a la oscura habitación de la escuela en el pueblo de La Higuera con una subametralladora que le pesaba una tonelada. Sus ojos trataban de acostumbrarse. Buscaba a su enemigo herido en pierna y hombro horas antes en el combate de la Quebrada del Churo. Allí estaba ya de pie, conocedor de que sería asesinado. Las miradas del guerrillero y el suboficial se cruzaron con los miedos de cada caso. Para uno, era el ver que moriría sin la oportunidad que dá el combatir de tu a tu, en igual de condiciones. Era lo impensado para él. Para el otro, el miedo era otro, era que ante sí estaba una leyenda viva, el hombre más famoso en todo el mundo por aquel momento, el comandante argentino-cubano, Ernesto Guevara, el CHE, que lo miraba tranquilo y sin opción de sobrevivir.
Se miraron un instante, sólo un instante: Ernesto no vio el rostro de Mario, la contraluz de la puerta no le permitió verle sus ojos asustados y su boca apretada.
Mario si vio la tranquila sonrisa, los ojos atentos y profundos fijos sobre sí. Mario conocía, que sus manos estaban sujetas con un cinturón, que estaba ya herido
Pero sintió miedo.
La voz de mando, la que no esperaba allí, la de Ernesto, le puso en alerta. Le quitó el seguro y la cargó.
… “se que viene a matarme, dispare que aquí hay un hombre ″, dijo el Che.
…
Salió la primera ráfaga pero los disparos pese a la poca distancia se resistieron a una primera trayectoria mortal y fueron a las piernas. Ernesto no dijo palabra, cayó al suelo esperando la segunda ráfaga que le dio en el pecho y el cuello. Mario esperó un momento, solo un instante y salió. Ernesto moría pensando que en cualquier caso era lo mejor así, antes que quedar prisionero allí o en cualquier base norteamericana del Canal de Panamá, el Guantánamo de aquella época.
El sol aturdió a Mario. La luz lo cegó. La historia lo cegó. El miedo lo cegó. La vida de Mario Terán comenzó a estar rodeada de miedos, de justos miedos ante tanta cobardía. Algunos dicen que era catarata, otros que otra afección ocular. Los que sabemos la verdad sabemos que ha sido la imagen de Ernesto creciendo durante cuarenta años en una América muy diferente a la que pensaron los que dieron y ejecutaron la orden de asesinato en La Higuera.
Mario ha pasado muchos miedos, pero cuarenta años después Ernesto, otro Ernesto, médico igualmente que aquel guerrillero herido y desarmado; cubano para mayor coincidencia lo mira nuevamente. Ahora el que está en la luz es Ernesto y Mario en la total oscuridad, no ve, está ciego o casi ciego. Lo único que ve es la imagen del CHE, que no se le borra, que no desaparece.
Ernesto ahora en Bolivia miembro de la colaboración médica cubana, lo opera sin saber que esos ojos fueron los últimos que vieran y quitaran la vida a Ernesto el guerrillero argentino por el que sus padres le colocaran su nombre. Ernesto solo sabe que es un boliviano enfermo, viejo, incapaz de tener una atención médica para mejorar la calidad de vida recuperando su vista. Lo opera, Mario le da las gracias sin identificarse.
Hoy, justamente hoy, cuarenta años después Ernesto en Venezuela, Mario Terán en Bolivia podrán ver, escuchar los múltiples homenajes a Ernesto, al CHE. Mario lo verá una y otra vez, durante todo el día, durante toda su vida y sabe que no tiene que temer de un ajusticiamiento revolucionario como a todos los que estuvieron vinculados de una forma u otra a su muerte. El es casi el único boliviano asociado a su muerte vivo.
Jesús sabía su destino. Ernesto también. Mario no, creyó ser el héroe y no entendió su triste lugar en la historia cuando su mirada lee y ve en todas partes aquella frase de su enemigo que se repite cuarenta años después:
