No es que la oposición aumentara su techo electoral en 400 000 votos, que es cierto. No es que ganara la abstención, que es cierto. Es que hubo un significado claro y contundente en esa abstensión de algo más de 3 000 000 millones de chavistas QUE NO VOTARON: Chávez si, socialismo no. Esa es la lectura política. Lo demás es pura especulación.
La victoria de la oposición venezolana en el último ejercicio democrático en este país nadie la esperaba. Y nadie es nadie, incluyendo a la propia oposición. Por ello, cuando el presidente venezolano califica de pírrica esta victoria se equivoca totalmente porque quien lo derrotó fue su propia gente. Esta votación dice mucho y significa mucho.
Es la distancia entre el apoyo a un líder carismático de corte popular y la aceptación a un proyecto de sociedad: la socialista. Entre Chávez y el socialismo no hay duda, los venezolanos quieren a Chávez pero no desean ser socialistas.
La oposición, débil, fragmentada tuvo en los propios chavistas su aliado para ganarle a Chávez sin haber comunicación entre ellos. El temor al socialismo los unificó en silencio. La resultante es que sicológicamente se rompió la invencibilidad de Chávez en las urnas y da un elemento para fraguar el sentido de identidad política a esa oposición atomizada: el no al modelo de socialismo.
Lo curioso es que ha sido el propio Hugo Chávez quien ha aportado lo que parecía imposible, una oposición real. Ya existe y es su hija.
Las causas son muchas: El protagonismo de novela de globalizarse como el líder de la nueva izquierda en la escena internacional lo hizo no ver la realidad interna. A ello se le suma un distanciamiento entre la “vanguardia” chavista autosuficiente de las realidades de las bases populares que nunca advirtieron esta derrota hasta ayer mismo. Esto último es una terrible señal. El proceso venezolano está sufriendo la fractura entre realidad y el ejercicio de la política.
Lo anterior no es nuevo en la experiencia de nuevos socialismos en Latinoamérica. Recordemos a Nicaragua Sandinista vencedora de Somoza en julio de 1979 y derrotada en 1989. Creo íntimamente que Chávez equivocó la coyuntura, no leyó bien las señales en su verdadera dimensión de un estadista, cosa que si supo hacer Fidel en Cuba cuando en un escenario mucho más difícil, sin petróleo como arma estratégica y en el mismo centro de la Guerra Fría, supo anunciar el paso al socialismo el 16 de abril de 1961, a dos años apenas de llegar al poder en instante imposible de no avanzar a más: era el sepelio de las víctimas del ataque a los aeropuertos como preludio a la invasión norteamericana de Playa Girón (Bahía de Cochinos) y Cuba estaba ese día más unida que nunca a pesar de algunas diferencias o temoresch. Esa es la distancia entre las personalidades históricas, entre el estadista y el político común. Si Chávez hubiera escogido la madrugada en que los golpistas lo liberaron para decir “vamos a construir el socialismo del siglo XXI” la votación en caliente hubiera sido a su favor.
Ahora todo está por volverse a hacer. La democracia venezolana es más fuerte porque de alguna forma rompió el unanimismo y el acriticismo (aunque fuera desde la abstención). El venezolano ha pedido un tiempo más antes de echar su suerte sin decir no. Chávez deberá ser tan reflexivo como cuando aceptó su derrota hace unas horas. El debe darse cuenta que su enemigo puede ser el mismo, cuando trató de forzar la historia con su deseo de socialismo y encontró un silencioso abstencionismo en su pueblo.